Por Mónica Romero

Serie «Costa da Morte» · Entrega 1 de 10. Una serie de Mónica Romero, escrita como parte de su Trabajo Final del Máster en Periodismo de Viajes de la School of Travel Journalism (TFM 2026).

La Costa da Morte es uno de esos territorios llenos de historias que contar. Que ya con sólo el nombre provocan curiosidad y deseo de ir a conocerlo.

Allí la tierra gallega no termina con discreción. Se rompe. Se retuerce entre cabos, ensenadas, playas abiertas y paredes de granito que se lanzan hacia un Atlántico casi siempre inquieto. Y justo en esos puntos donde el continente parece dudar antes de desaparecer bajo el agua aparecen los faros.

Los faros del “fin de la tierra” en la Costa da Morte: donde acaba el mapa y empieza el Atlántico – serie «Costa da Morte» de Mónica Romero

No están ahí por casualidad. Son la consecuencia de siglos de navegación por una costa difícil, castigada por temporales, nieblas, bajos rocosos y corrientes. Hoy los fotografiamos al atardecer; durante generaciones, su luz significó algo mucho menos romántico: saber dónde estaba el peligro.

Recorrer los faros de Costa da Morte es, por tanto, seguir una especie de línea de puntos entre la belleza y el miedo.

Desde Malpica hasta Finisterre se suceden algunos de los faros más espectaculares de Galicia. Turismo de Galicia identifica en este recorrido ocho grandes referencias: Sisargas, Punta Nariga, O Roncudo, Laxe, Cabo Vilán, Punta da Barca, Touriñán y Fisterra.

El primero tiene algo de inaccesible. El faro de las Illas Sisargas se levanta frente a Malpica, separado del continente por un brazo de océano. No basta con aparcar y caminar hasta él: las islas requieren llegar por mar, lo que conserva esa sensación de frontera que todavía tienen algunos faros.

Muy diferente es Punta Nariga. Entró en funcionamiento en 1998 y su arquitectura, obra de César Portela, recuerda la proa de un barco avanzando hacia el océano. Es un faro contemporáneo, pero parece haber entendido perfectamente dónde ha aterrizado: granito, viento y horizonte.

Después aparece O Roncudo. El nombre ya lo dice casi todo. Procede del sonido ronco del mar cuando rompe contra las rocas. Aquí los percebes crecen precisamente donde el Atlántico golpea con mayor violencia y varias cruces recuerdan a percebeiros que perdieron la vida trabajando frente al mar. No hace falta ninguna leyenda para que el paisaje imponga respeto.

Al otro lado de la ría se encuentra el faro de Laxe, aparentemente más amable, con vistas que alcanzan desde O Roncudo hasta la costa de Camariñas.

Y entonces llega Cabo Vilán.

Hay faros bonitos y faros que tienen presencia. Vilán es de los que impone. Su torre de granito parece formar parte de la montaña, levantada frente a un océano que fue escenario de algunos de los naufragios más dramáticos de esta costa. En 1896 se convirtió en el primer faro español en funcionar con electricidad.

Más al sur, Muxía ofrece una imagen completamente diferente. El pequeño faro de Punta da Barca comparte escenario con el santuario de A Virxe da Barca y con gigantescas piedras cargadas de leyendas. Aquí paisaje, religión y tradición popular prácticamente se mezclan.

Después viene Touriñán, probablemente el más solitario. Se encuentra en el punto más occidental de la España peninsular y, durante determinadas semanas de primavera y final de verano, desde esta zona puede contemplarse el último atardecer de la Europa continental.

Y finalmente Fisterra.

Su faro funciona desde 1853 y se levanta a 138 metros sobre el nivel del mar. Durante siglos este cabo alimentó la idea de estar ante el límite del mundo conocido.

Hoy sabemos perfectamente qué hay al otro lado.

América, kilómetros de océano, rutas comerciales, cables submarinos, aviones y satélites.

Pero hay algo que los mapas todavía no consiguen explicar.

Cuando uno se queda frente al Atlántico al caer la tarde, con la luz del faro comenzando a girar mientras desaparece el sol, resulta sorprendentemente fácil comprender por qué durante siglos alguien pudo pensar que allí terminaba el mundo.

Quizá por eso seguimos viniendo.

No para descubrir dónde termina la tierra, sino para recordar lo pequeños que somos cuando empieza el mar.

Este artículo forma parte del Trabajo de Fin de Máster de Mónica Romero para el Máster en Periodismo de Viajes de la School of Travel Journalism.

Mónica Romero escribió esta pieza como Trabajo de Fin de Máster de su formación en la School of Travel Journalism. Si te inspiró, conoce el Máster en Periodismo de Viajes y el Máster en Periodismo Gastronómico, mira los documentales de viaje de nuestros alumnos en YouTube y escucha sus historias en nuestro podcast en Spotify.


Próxima entrega (17 de octubre): Ruta de faros en Costa da Morte en 3–5 días: itinerario escénico, paradas y experiencias →

Todas las entregas de la serie «Costa da Morte»

Por Viajar and Crear Editorial Team

Viajar & Crear es la revista de la School of Travel Journalism. La redacción edita y publica los reportajes, crónicas, entrevistas y guías que escriben los alumnos de nuestros másteres de periodismo de viajes, gastronomía, fotografía y narrativa, con la revisión editorial de sus profesores.

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