Por Lorenzo Olivieri

A la luz de unas velas temblorosas, empezamos a cenar. Servimos el vino despacio y buscamos la medida justa metiendo la punta de un dedo en el vaso: medimos con el tacto, no con la vista. Seguimos buscando el interruptor por instinto, aunque sabemos que esta vez la magia de la luz instantánea no va a funcionar. Los móviles tampoco sirven de nada: desde que se fue la corriente no son más que cajas pesadas sin conexión y, muy pronto, sin batería. Después de días de tormentas y lluvia sin tregua, dos cosas quedaron claras: no iba a amainar pronto, y los antiguos griegos tenían razón al imaginar a sus dioses gobernando a golpe de trueno y relámpago. Escuché las llamadas antes de entender la magnitud de lo que pasaba, siempre las mismas palabras: catástrofe bíblica, pueblos aislados, sin agua. Después se apagó la luz en todo el valle.

Dimitri, Trifonas y Agapios se sientan alrededor de la soba, la estufa de leña, cuidando el fuego y alimentándola sin descanso. En un idioma que solo entiendo a medias, Dimitri me pasa castañas asadas directamente sobre las llamas. Trifonas saca una pequeña radio de plástico. Giramos los mandos, estiramos la antena, la orientamos en todas direcciones intentando atrapar alguna voz en la oscuridad que nos rodea. Nada. Solo estática, la orientemos hacia donde la orientemos. Son más o menos las ocho de la tarde, pero el apagón nos ha descolocado el reloj interno y, acunado por el fuego que ruge en la estufa, me quedo dormido en un banco de la taberna de Kalloni, el corazón de un pueblo de catorce habitantes del norte de Grecia, escondido en mitad de la cordillera del Pindo.

¿Por qué se vacía la Grecia rural?

El escritor Sergio del Molino habla de una España urbana, densa y viva, reflejo de cualquier ciudad de Europa occidental, y de una España vacía, hecha de campo y de pueblos menguantes que se erosionan en silencio. Grecia, como España, también es fruto de un largo desequilibrio. Y, como España, nace de dos imperios, el romano y el otomano, que favorecieron las ciudades frente al campo. El Epiro siguió siendo romano, y griego, mucho después de la caída de Roma, pero no se incorporó al Estado griego moderno hasta las guerras balcánicas de 1912 y 1913, con el Imperio otomano ya en retirada. La historia llegó a esta tierra tarde y a regañadientes. El progreso llegó lento, desigual, impuesto. Esta es una historia de lentitud forzada, de lugares que aprendieron a sobrevivir esperando, aferrados al sedimento de los siglos en lugar de avanzar con ellos. Se supone que la Grecia rural está muerta. Eso dicen las estadísticas, eso dan por hecho las políticas, eso repiten los periódicos.

Grecia ronda hoy los 10,4 millones de habitantes y pierde población porque mueren muchas más personas de las que nacen: en 2025 nacieron 65.594 bebés, un 4,2 % menos que el año anterior, según la autoridad estadística griega (ELSTAT). En el campo, el panorama es todavía más crudo: los pueblos agrícolas, que en otro tiempo reunían a casi la mitad del país, hoy acogen a menos de uno de cada cinco griegos. Para ver cómo es ese declive más allá de las cifras, viajé al Epiro, una de las regiones del noroeste de Grecia más marcadas por la emigración. Si alguna vez despegas desde Grecia, más o menos a la hora de vuelo lo verás desde arriba: los picos dentados de Tzoumerka, una cordillera que atraviesa el Epiro, afilados como los dientes de un rallador de queso. Tzoumerka no es solo una sierra abrupta. Es, sobre todo, una constelación de 47 pueblos repartidos por laderas empinadas y valles estrechos. Algunos tienen apenas un puñado de vecinos, a menudo mayores; los más grandes rondan unos pocos cientos de habitantes permanentes.

Kalarrites: de cuatro mil vecinos a una treintena

“Si una mañana no veo salir humo de alguna chimenea, pienso que hemos perdido a otro”,

me cuenta Panos. Se mudó desde el soleado Peloponeso, primero a Demati y después a Kalarrites, de la mano de Ta Psila Vouna, una organización que trabaja para reforzar la cohesión social y el apoyo mutuo en comunidades de montaña remotas. Hoy Panos trabaja en la taberna Akanthos de Kalarrites, un lugar detenido en el tiempo. Su dueño, Napoleon Zaglis, dejó hace treinta años Atenas, donde trabajaba como programador, y volvió al pueblo de sus padres para hacerse cargo del negocio familiar. Conocemos a Napoleon en la iglesia de Agios Nikolaos, un edificio de madera y piedra del siglo XV. Sale de la penumbra y nos saluda como si fuera lo más normal del mundo. Es imposible no reconocerlo al instante: el largo bigote gris y la sonrisa tranquila. Napoleon es valaco (o arrumano), de un pequeño grupo étnico conocido por su ingenio y su apego a la tierra, hoy a punto de desaparecer. Todavía habla valaco, una lengua que describe como “mitad italiano, mitad griego”. Estamos a 1.200 metros de altitud y nos recibe una niebla que no consigue ocultar del todo la impresionante vista sobre la garganta de Chrousia, que en su día marcó la frontera entre el Imperio otomano y Grecia. En la plaza principal se alza el platanos, el plátano de sombra que preside todos los pueblos rurales del Epiro, junto a una hilera de fuentes de piedra. Dicen que cada una tiene sus propiedades: una para beber si te duele el estómago, otra para coger el agua con la que cocer las alubias, cada una para una necesidad concreta. El pueblo llegó a tener unos cuatro mil habitantes. Hoy la población permanente ronda los treinta. En verano, sobre todo durante la semana de la Dormición de la Virgen, el 15 de agosto, vuelve a llenarse, cuando las familias regresan para la fiesta anual. No muy lejos de aquí está el monasterio de Kipinas, una iglesia del siglo XIII excavada en la ladera, a noventa metros del suelo. El monasterio, y la vista desde él, quitan el aliento. Al entrar en la taberna Akanthos, el aire huele a especias, café y tsipouro. La sala se llena enseguida, vecinos y visitantes apretados. Hay una treintena de senderistas alemanes que siguieron camino hasta el siguiente pueblo de piedra, Syrrako, tan bien conservado como Kalarrites. En una mesa se sientan dos ancianos con sus mujeres. Son hermanos y se casaron con dos hermanas. El mayor dirigía la recua de burros que transportaba las mercancías en los tiempos en que los coches no podían entrar en el pueblo (y siguen sin poder).

Montañas de Tzoumerka, en el Epiro griego

Elatos y la miel de madroño, el oro amargo del Epiro

Un sábado por la mañana, aprovechando otra tregua de la lluvia, conduzco hacia el sur, hacia Elatos, más cerca de la ciudad de Arta. Allí conozco a Pavlos, que a los veintinueve años se ha ganado la vida como apicultor partiendo de cero. Empezó joven, sin tierras, sin equipo y sin una tradición familiar que heredar. Todo tuvo que aprenderlo solo. El verano pasado, me cuenta, fue especialmente duro.

“Cuando hace demasiado calor, las abejas son más vulnerables a las enfermedades y las plagas”, dice. “Y el verano pasado hizo demasiado calor”. Pavlos me enseña con orgullo sus tres variedades de miel. La más singular es la de madroño, un manjar local protegido, amargo e intenso. Todo se hace al ritmo de lo que necesitan las abejas. La miel de madroño, una de las pocas mieles amargas del mundo y el motivo de mi viaje, es la última que se cosecha cada año: sus flores se abren en noviembre, cuando el frío ya se ha instalado. Unos días después, Pavlos me llama. La miel de madroño está lista. No se parece a ninguna que haya probado: intensa, amarga y de sabor profundo.

“Una cucharada cuando tienes gripe y te cura”, me dicen en el pueblo.

Filippiada, el pueblo de las cigüeñas

Unos días después pongo rumbo a Filippiada, un pueblo del sur del Epiro, encajado entre la costa y las montañas de Tzoumerka. El verano pasado lo marcó un gran incendio forestal y hace poco que ha salido de unas inundaciones. Filippiada es una localidad tranquila de menos de diez mil habitantes, una metrópolis comparada con las aldeas de montaña a las que me he acostumbrado. También la llaman el pueblo de las cigüeñas, por los nidos de estas aves migratorias que pasan aquí el verano. Hay uno sobre una farola, justo delante del balcón de mi hotel. Esa noche salgo a buscar un sitio para cenar mientras empieza a caer una lluvia fina. La parrilla que encuentro tiene solo tres clientes, yo incluido, y el cocinero fuma junto a las brasas. Este tiene que ser el sitio.

“Apo pou eisai, xenos?” ¿De dónde eres, forastero? En un griego vacilante explico de dónde soy y qué hago aquí, respondiendo a una pregunta que he oído mil veces. Un extranjero en invierno, en estas tierras, siempre despierta curiosidad. El souvlaki está tierno y bien tostado, con las inevitables patatas fritas. Hay tantas que aparecen en todos los platos. Cuando pido la cuenta, el cocinero me dice que la cerveza ya me la han pagado los dos clientes del pueblo. Fuera ha dejado de llover. Al día siguiente vuelvo a Tzoumerka. Hace frío en Kipseli y, cuando llego a última hora de la tarde, la única luz encendida es la de la iglesia. Celebran San Nicolás, una de las primeras fiestas que anuncian la Navidad.

“Apo pou eisai, pallikari?”, me pregunta una anciana. En estos pueblos es difícil pasar desapercibido. La gente necesita situarte, ponerte un nombre y una historia. Pallikari no significa solo “muchacho”: también designa a los jóvenes combatientes que libraron la guerra de independencia contra los otomanos, muchos de ellos nacidos en estas mismas tierras.

Es un elogio. Después de mi breve explicación, me da pan bendecido y un vaso lleno de kolliva: trigo cocido mezclado con azúcar, frutos secos, pasas y granos de granada. Cuando menciono el pueblo donde vivo, un hombre que está cerca me pide que espere. Desaparece y vuelve con pan y con el correo para mi pueblo, y me lo pone en las manos para que lo lleve de vuelta.

Kalloni: catorce vecinos y más trabajo que manos

En Kalloni, el pueblo de montaña donde vivo, siempre hay más cosas que hacer que gente para hacerlas. Según las estadísticas oficiales, solo quedan catorce vecinos, la mayoría con más de ochenta años. En 1951 vivían aquí más de trescientas personas. Setenta años después, Kalloni ha perdido cerca del 96 % de su población, y lo que queda son casas vacías, inviernos largos y un puñado obstinado de vidas que sostienen el pueblo. Las casas están pegadas unas a otras, apretadas como piñones en una piña. Sería fácil pasar de largo sin ver el pueblo. Una placita, una iglesia, un cementerio y una única taberna, construida en los años treinta, sobreviven tras décadas de emigración y abandono. Hoy Dimitri viene a ayudarnos a vaciar uno de los futuros talleres de producción de miel. Cuando llego, está escuchando ipirotiko en una emisora local que solo pone música tradicional.

“¿Te gusta el ipirotiko?”, le pregunto.

“De joven, no. Pero a partir de los treinta empiezas a apreciarlo”.

Dimitri vive en Atenas y trabaja en importación y exportación. Ha venido a buscar a sus padres, que reparten el año entre su casa de la montaña y el piso de su hijo en la capital.

“La casa no está preparada para el invierno”, dice. “Y aquí el invierno puede ser muy duro”.

La radio pasa a las noticias. Pillo fragmentos: guerra, crisis, Rusia, Israel. Dimitri niega con la cabeza. “El ministro de Defensa dice que tendremos que acostumbrarnos a ver banderas sobre los ataúdes, como los americanos”. Aquí arriba, esos vientos de guerra suenan lejanos, casi irreales, absorbidos por las montañas. Paramos para respirar y secarnos el sudor de la frente. Hablamos de la falta de trabajo en la región. En buena parte de la Grecia rural, la vida sigue el ritmo de las estaciones: cuando la agricultura y el turismo se frenan, el trabajo desaparece con ellos. Las largas temporadas de paro dejan expuestas las economías locales.

“Si ganara un millón al año, volvería a vivir aquí”, me dice Dimitri. Me recomienda visitar el bosque de malokedros (Juniperus foetidissima), que Trifonas cuida con esmero. El malokedros es una conífera de hoja perenne que puede alcanzar los veinte metros de altura. Su nombre científico viene del olor fuerte y penetrante que desprenden sus ramitas al aplastarlas. En Tzoumerka, donde las montañas son propensas a la erosión, cumple un papel clave: su densa red de raíces ayuda a fijar el suelo y a evitar corrimientos de tierra. Los botánicos lo describen como una especie “relicta”: una especie que ha sobrevivido a cambios climáticos drásticos aferrándose a nichos ecológicos muy concretos.

Esta parte de los Balcanes es uno de sus hábitats naturales, pero el árbol necesita cuidados constantes.

Trifonas, la cooperativa y la música del Epiro

Trifonas, fuerte y afilado como el malokedros que protege, es otra institución por aquí. Es el socio principal de una cooperativa de montaña que produce miel, cultiva arándanos y los prensa para hacer zumo. También lleva una taberna que los domingos sirve venado y jabalí, cocinados por su mujer, Aleka. No llega al metro y medio, pero es magnético: salta de mesa en mesa, saluda y charla con todo el mundo como si fueran viejos amigos. En pocos minutos, los clientes quedan hipnotizados por sus historias. Si pasas por estas montañas, no te lo pierdas. Junto a Aleka, Trifonas lleva la cooperativa con Roula y Giannis, músicos del Epiro. Giannis es un hombre del Renacimiento: apicultor, cantor en la iglesia del pueblo y músico que toca el clarinete y la gaita. Roula toca el acordeón, un instrumento poco habitual en Grecia, y lo hace llorar con la intensidad de un violín. La última vez que tocaron fue en la fiesta del patrón del pueblo, Agios Minas, el 11 de octubre, ante unas cincuenta personas. Cincuenta es una multitud, para la población que hay. Las chuletas de cerdo a la brasa, las costillas de cordero y las patatas fritas llegan sin pausa, junto al jabalí guisado durante horas sobre pilaf, arroz empapado en el jugo de la carne. Los músicos tocan durante horas una melodía lastimera y penetrante que parece inseparable de las duras montañas del Epiro. Las mesas se llenan de botellas vacías de tsipouro, que también elabora Trifonas. El tsipouro entra como el combustible en un motor diésel: primero con resistencia, después con calidez, y enseguida no quieres otra cosa. La medida local es una botellita de 0,4 litros, y en poco tiempo la mesa queda alfombrada de cascos vacíos.

“Al principio te preguntas qué haces aquí”, me cuenta Larissa, una voluntaria suiza que visita Tzoumerka por cuarta vez. “Luego el lugar te roba el corazón y siempre vuelves”. Ella y su pareja, Lou, fueron de los primeros voluntarios en llegar a Kalloni hace dos años. Juntos reabrieron un viejo camino de montaña, y todo el pueblo salió a ayudar. Desde entonces vuelven siempre que están en Grecia; ya forman parte de la gran familia de Trifonas. Una noche lo celebramos juntos, con una empanada al horno que Aleka prepara junto a la estufa y tsipouro a sorbos hasta tarde. Las estadísticas dicen que la Grecia rural está muerta. Las políticas dan por hecho lo mismo y abandonan el campo a su suerte sin hacer ruido. Pero aquí la vida no desaparece: se reorganiza, se ralentiza y espera. Sobrevive a base de gestos más que de planes, gracias a gente que se va y vuelve, a caminos que se reabren y a mesas que se vuelven a poner.

La noche del apagón

Cuando me despierto la noche del apagón, la sala está más silenciosa de lo que esperaba. Todos se han ido. Solo queda Dimitri, el leñador y manitas del pueblo, el mayor bebedor de tsipouro que he conocido, que sigue junto a la estufa bebiendo a sorbos y fumando; el humo del cigarrillo sube perezoso y el fuego le baila en la cara. Fuera, por primera vez en días, una oscuridad completa y serena envuelve el valle.

El cielo está cuajado de estrellas, las mismas constelaciones de hace cuatro mil años. Las Pléyades, las Siete Hermanas que Zeus convirtió en estrellas, me miran desde arriba. La cumbre de Tzoumerka se alza blanca de nieve, una mole pálida contra la noche. Dimitri me llama. Despliega un mapa viejo y arrugado. Esa misma mañana le había contado que quería visitar el antiguo oráculo de Dodona, a pocos kilómetros de Ioánina. A la luz de las velas, señala primero Dodona y después Delfos, al sur. Luego el Aqueronte, el río que conducía al inframundo de los antiguos griegos, y por último el monte Olimpo, al este. Los puntos forman una cruz perfecta que se corta en el centro.

“¿Sabes qué hay en medio?”, me pregunta. Fuera, el valle sigue negro, silencioso y lleno de estrellas. Coge un bolígrafo y rodea despacio el punto.

“Tzoumerka”.

Lorenzo Olivieri escribió este reportaje durante su formación en la School of Travel Journalism. Si te ha inspirado, descubre el Máster en Periodismo de Viajes y el Máster en Periodismo Gastronómico, mira los documentales de viaje de nuestros alumnos en YouTube y escucha sus historias en nuestro pódcast de Spotify.

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Este artículo forma parte de los trabajos prácticos que realizan los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes de la School of Travel Journalism.

Por Viajar and Crear Editorial Team

Viajar & Crear es la revista de la School of Travel Journalism. La redacción edita y publica los reportajes, crónicas, entrevistas y guías que escriben los alumnos de nuestros másteres de periodismo de viajes, gastronomía, fotografía y narrativa, con la revisión editorial de sus profesores.

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