Por María Eugenia Martín
Si la decadencia se encarna en La Habana, París suena a acordeones, Lisboa es el piercing en la nariz de Europa, Lima se difumina en la garúa y Buenos Aires baila tango, entonces, el azul habita en Chaouen.
Ya en la Antigua Grecia, autores como Heródoto, Aristóteles y Homero se preguntaron por el porqué del viaje, y en las respuestas se entrelazaron explicaciones filosóficas, históricas, antropológicas, éticas o políticas, que hundían raíces en cuestiones complicadas tratando de comprender mejor al ser humano. Otras veces, el motivo del viaje ha sido y es más simple, por ejemplo: conocer el lugar que se te quedó agarrado al ver una película, ir a la ciudad en cuyo museo está tu cuadro preferido, cumplir el deseo de sentarte en el bar en el que se reunía un grupo de escritores, deambular por la calle donde vive el protagonista de un libro o tener la foto en el mismo paisaje que la influencer de turno. En mi caso, tras escuchar una conversación a los de la mesa de al lado en una cafetería, quise comprobar que existía un pueblo de mi color favorito, y fue así como el azul me empujó hasta una localidad marroquí de las montañas del Rif, entre Tánger y Fez, llamada Chaouen o Chefchaouen, que significa “mirar los cuernos”, pues, desde ella, se ven los picos rocosos que la rodean.
La primera visión que tuve de Chaouen fue un pueblo naciendo de una montaña que se escurría por la ladera, esparciéndose en hilos azules que bajaban y subían. No sabía con qué me sorprendería esa ciudad del norte de África inundada por un mar sin agua. Pronto me di cuenta de que no sería un monumento, una mezquita o una plaza relevante; su belleza residía en su composición como un todo y se iba despertando con paseos azules. Bastaba con echarse a andar por las calles estrechas y ver la cascada de azules, que se retorcía y se hacía intensa en algunos recodos. Y es que Chaouen aglutina cualquier azul imaginable en un puñado de rincones: el índigo y el cobalto de las profundidades del océano, el turquesa y aguamarina de las playas de Zanzíbar, los acerados y pétreos de los hielos de la Patagonia, los celestes y violáceos de los cielos que anuncian el amanecer, hasta los más pálidos casi blancos.

La ciudad despliega una estética hipnótica para quien decide visitarla. Si fuera pintora, la hubiera recorrido armada de pinceles con un lienzo debajo del brazo, y hubiera dejado que los dibujos salieran solos de mis manos. Cualquier punto es una fuente de inspiración infinita. Tristemente, no tengo ese don, sin embargo, me invadió el sentimiento inaprensible pero muy físico de que el abanico de azules pasaba a través de mí, produciéndome sensaciones distintas, y necesité, en medio de esas escenas llenas de fuerza y lirismo, atrapar la conexión onírica entre la realidad y la fantasía, y expresarla de algún modo. La escritura surrealista resultaba buen soporte para acomodar lo que bullía en mi subconsciente sin pasar por el filtro de la razón, así que me ponía a escribir. Los matices más empolvados y claros presentes en algunas fachadas me llenaban de serenidad. En cambio, los glaucos y grisáceos me caían como un velo de efímera tristeza que se transformaba en otras emociones conforme avanzaba hacia otros tonos. Los zafiros, añiles y marinos me sumergían en un viaje interior a mis propios abismos y sueños. Nunca había sentido una comunión tan orgánica con el color. Aunque mi paso por la ciudad durase dos días y medio, la omnipresencia azul me condujo a un estado alterado de conciencia y a creer que el mundo ya se vería atravesado por ese color. Era algo obsesivo. Al entrar en un restaurante, los primeros minutos me sentía casi “atacada” por otros colores en contraste con el mono cromatismo del exterior. Aún más curioso era descubrirme extrañándome de que los gatos que dormitaban elegantes sobre peldaños de escaleras y alféizares de ventanas no fueran azules. Incluso, saliendo del riad en el que me alojaba, se me ocurrió que, en vez de las gafas de sol, sería más oportuno salir con las de nadar, convencida de que podría bucear en un recoveco de tonalidades marinas. No se me iba la cordura a chorros, sólo dejo que me traspasen los lugares, y Chaouen me impregnaba con su poderoso azul.
Había otras cosas con las que Chaouen alimentaba mi espíritu lúdico. Como en otras ciudades marroquíes, la medina es laberíntica, y ese enredo en el trazado de las calles me trasladaba de manera inevitable a la niñez, a los juegos en los que apenas hay reglas y la sorpresa es una constante que hace latir el corazón de expectación por no saber qué encontrarás al doblar la próxima esquina. Esos paseos improvisados por la medina me ofrecieron una colección de puertas de madera de tamaños y formas variadas, algunas parecían de personajes liliputienses y otras eran más señoriales con llamadores de la mano de Fátima. Tuve que reprimir las ganas de llamar para ver quién habitaba en esas casas y charlar con ellos. Preguntarles qué pensaban de que su pueblo, en origen blanco, fuese azul y si sabían por qué empezaron a colorearlo así. Que me contaran si fue en la época en la que llegaron los judíos y utilizaron el azul porque simbolizaba el cielo y la espiritualidad, si era porque repelía a los insectos o, sencillamente, porque aportaba frescura.
Entre aromas de pan recién horneado y de especiados tajines que se escapaban por alguna ventana, vi los escaparates más bonitos. Las paredes azules servían de expositores; de ellas se colgaban telas, mantas, hamacas, babuchas, láminas pintadas, alfombras, lámparas, paneles con pendientes y collares, también había jabones y otros cosméticos de argán en cestos, y, en el suelo dispuestos en fila, saquitos con pigmentos en polvo. Hubiera comprado bolsitas con polvos de todos los colores sin saber muy bien para qué, sólo por el placer visual de mirarlos de vez en cuando.
Recuerdo una encrucijada de callejuelas presidida por una parra de uva que por su tronco debía ser muy añosa. El techo que tramaban los pámpanos daba una sombra agradable y me senté al lado a una fuente azulejada donde niños y mujeres llenaban sus cántaros, dejándome salpicar por gotas de agua. Justo enfrente se proyectaba en escalera la calle “Entre acequias”, podía ser la versión marroquí de “stairway to heaven”. Tiestos rojos, amarillos, naranjas y verdes adornaban los escalones y las paredes, como en los patios cordobeses. Pero allí las macetas despuntaban rabiosas sobre el azul, y me vinieron a la mente los cuadros de Chagall, por la ensoñación que me producían las imágenes en las que manejaba de forma magistral el azul y que remataba introduciendo con valentía otros colores.
La plaza El Haouta, más retirada de la medina, fue un remanso de paz. Su fuente central estaba rodeada de gatos vigilantes, a los que parecía que había que pedirles permiso para acercarse a ella. Quería una fotografía con las tejas de la fuente que interrumpían el azul y los “cuernos” de las montañas que se asomaban al fondo.
Se hacía de noche y, de vuelta al riad, me detuve en un hueco de luz. La pared de la que salía el tenue resplandor estaba atiborrada de bufandas y gorros de lana. Al aproximarme, vi dentro a un chico que no tendría los veinte años. Quise pertenecer a esa imagen sin resultar indiscreta. “Salam”, dije, y seguí con el francés, porque había leído que era una buena alternativa: “Votre magasin est très joli, monsieur”, le dije. “Et trop petit!”, me respondió sonriendo. En efecto, era la tienda más pequeña que pudiera imaginarse y también un rinconcito que se moría de encanto. El chico estaba sentado en el interior de su puesto diminuto bajo el soplo de un candil de aceite, enterrado entre las lanas de colores con las que urdía sus prendas, y hablaba sin dejar de tejer. Mientras me ponía una bufanda de rayas negras, rojas, amarillas y verdes, me contaba lo mucho que le gustaba su oficio de trenzar lanas. No pude resistirme a la melodía que salía del transistor, y le pregunté quién cantaba. “Hamza Namira”, dijo. “Marocain?” quise saber. “Non, égyptien”. Luego, me probé una boina parisina con grecas marrones y beiges. “Ce béret lui va très bien, madame”, señaló levantando un par de segundos la vista de su labor. Yo no sabía si me favorecía, no había espejo, así que me fie de él y compré la boina. “Shukran”, dije agradecida, despidiéndome con la otra palabra que sabía en árabe y le estreché la mano. Había olvidado cómo se decía “adiós” y tuve la idea recurrente de algún día aprender árabe, pero su dificultad me disuadía siempre. Según me alejaba, me giré, no podía despegarme de ese puesto, quería guardármelo en la memoria, como una postal. Todavía conservo la boina y cuando me la pongo, vuelve el entrañable chico tejiendo a la luz del candil bufandas y gorros multicolores, desafiando el azul que reinaba fuera.
El siguiente día, subí al mirador que estaba cerca de la Mezquita Española, también conocida como Mezquita Bouzafar. “Mezquita Española” me sonaba a oxímoron, pero, lo cierto es que era una denominación muy apropiada, porque era una construcción ecléctica entre ermita y mezquita. Desde esa perspectiva, parecía que la fortaleza que rodea Chaouen ya no desempeñaba una función defensiva, sino de contención, para impedir que el azul se marchase.
Me hubiera gustado seguir montaña arriba y hacer una ruta caminando, sin embargo, sabía que no tenía tiempo suficiente. A cambio, el descenso por el río Ras-el-Mâa me brindó una escena costumbrista en la que me hubiera quedado a vivir. Había mujeres y niñas en un lavadero múltiple debajo de un tejado de madera. Lavaban su ropa en el torrente de agua que saltaba en pequeñas cascadas. Estuve entretenida con su trajín, rememorando relatos que me habían contado mis abuelas de cuando iban a lavar al arroyo. Una mujer se acercó a ponerme un pañuelo amarillo muy florido en la cabeza, los flecos y moneditas me caían por la frente. “Guapa, guapa”, me decía acariciándome la cara y el pelo. Se reían y yo con ellas. Me dio el pañuelo. Yo no sabía con qué compensar su regaló e instintivamente busqué en mi bolso, pero no encontraba nada que pudiera darle. No era la primera vez que me sucedía algo así, y no podía evitar sentirme abrumada y halagada a partes iguales. Me despedí de ellas sin quitarme el pañuelo. Tomé un zumo de naranja muy fresco en una terraza junto al riachuelo, vi cómo sacaban las naranjas del agua antes de exprimirlas. Me sentía muy hippy y pedí al camarero que me hiciera una foto con un reloj ensartado en una pared de estilo gaudiano. Atravesé el río por un puentecito de piedra, me demoré otro rato largo por los meandros que hacían los callejones, sin otro propósito que el de empaparme de la luz que destilaba la hora bruja del atardecer.
Llegué al riad de noche. Salí a la terraza, el azul se había apagado. En su lugar, la ladera y el fondo del valle se habían llenado de lucecitas que titilaban como luciérnagas, y perdí la noción del tiempo, como de pequeña frente a las luces de los Nacimientos de Navidad.
La mañana antes de coger el taxi hacia el aeropuerto de Tánger, madrugué mucho. En esas primeras horas del día, era una delicia estar sola por las calles de Chaouen con todo el azul para mí. De camino a la plaza Uta Hamam, me paré en una librería de viejo, “Librairie El Kadi Ben Maymoun”, que estaba alfombrada de libros esparcidos por el suelo. Me dio pena que no estuvieran en estanterías, porque había ejemplares que eran verdaderas joyas. La mayoría de ellos no sabía cuáles eran, porque no descifraba sus títulos en árabe, pero compré uno que era inconfundible por el dibujo de su portada, “El Principito”, que fue a mi colección de “Principitos” en diferentes idiomas.
La plaza Uta Hamam está a los pies de la ciudad. En ella, la Gran Mezquita y la Alcazaba de color arena, eran un descanso del azul. Me encantó subir a la torre de la Alcazaba y contemplar desde sus ventanas las palmeras del valle y las montañas en el horizonte. Apuré la última hora en una de las terrazas de Uta Hamam, tomando un té a la menta al compás del ritmo pausado de la plaza, viendo el pasear tranquilo de la gente. Me acordé de los pueblos de la Alpujarra granadina.
Mientras paladeaba el té caliente, tuve claro que el color había sido lo que me había llevado a la poesía azul de Chaouen. Entre mis recuerdos, me crucé con el cromatismo de otros paisajes y otras estampas: el blanco de los desiertos de sal, el naranja de las dunas, el violeta de los campos de lavanda, la policromía de los mercados, el rubor de las auroras boreales… Y pensé: ¿cuántos me estarán esperando con sus colores?
María Eugenia Martín escribió esta pieza como parte de su formación en la School of Travel Journalism. Si te inspiró, conocé el Máster en Periodismo de Viajes y el Máster en Periodismo Gastronómico, mirá los documentales de viaje de nuestros alumnos en YouTube y escuchá sus historias en nuestro podcast en Spotify.
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