Por Mónica Romero
Serie «Costa da Morte» · Entrega 7 de 10. Una serie de Mónica Romero, escrita como parte de su Trabajo Final del Máster en Periodismo de Viajes de la School of Travel Journalism (TFM 2026).
La imagen pertenece casi al imaginario universal.
Una torre blanca frente al mar. Un hombre viviendo prácticamente solo. Noches de temporal. Escaleras interminables. Y, cada tarde, la responsabilidad de encender una luz de la que podía depender la vida de quienes navegaban mar adentro.

El farero es uno de esos oficios que parecen haber sido inventados por un novelista.
Pero existió.
Y, de alguna manera, todavía existe.
Durante gran parte de la historia moderna de los faros, mantener una señal marítima exigía presencia humana permanente. Había que limpiar ópticas, comprobar mecanismos, alimentar lámparas, realizar reparaciones y garantizar que la luz funcionara cada noche.
En los enclaves más aislados aquello significaba trasladar toda una vida hasta el faro.
También la familiar.
Las viviendas que todavía pueden verse junto a muchas torres recuerdan aquella época. Cabo Vilán es un buen ejemplo: el edificio donde residían los fareros y sus familias está conectado con la torre mediante un paso cubierto que permitía acceder a ella incluso con mal tiempo.
La imagen romántica, sin embargo, oculta la dureza.
Aislamiento, humedad, viento, dificultades para recibir provisiones y una responsabilidad que no terminaba al finalizar una jornada laboral.
Si la luz fallaba a las tres de la mañana había que solucionarlo.
Porque alguien podía estar navegando ahí fuera.
La tecnología fue modificando progresivamente ese mundo.
El aceite dejó paso a combustibles más eficientes; después llegó la electricidad. Los sistemas ópticos mejoraron, aparecieron motores, generadores, sensores y finalmente sistemas de monitorización remota.
Cabo Vilán volvió a adelantarse a su tiempo cuando en 1896 se convirtió en el primer faro eléctrico de España. Un siglo después, la transformación sería mucho más profunda.
Las reformas portuarias de los años noventa y la automatización cambiaron definitivamente el oficio. El farero tradicional fue dando paso al técnico de sistemas de ayuda a la navegación.
El nombre tiene bastante menos literatura.
El trabajo, mucha más electrónica.
Actualmente el mantenimiento de las ayudas a la navegación incluye sistemas de telecontrol, instalaciones eléctricas, grupos electrógenos, comunicaciones, planificación de mantenimiento y supervisión técnica. Puertos del Estado integra estas señales en una red regulada dentro de los estándares internacionales de ayudas a la navegación.Eso no significa que los faros se hayan abandonado.
Los técnicos continúan visitándolos físicamente, comprobando instalaciones y realizando operaciones de mantenimiento. Algunos profesionales describen un trabajo cada vez más vinculado a ordenadores, telecontrol y planificación, aunque sigue siendo necesario acudir periódicamente hasta las torres. El oficio ha cambiado porque también ha cambiado la navegación.
Los barcos cuentan con GPS, cartas electrónicas, radar y sistemas automáticos capaces de determinar su posición con enorme precisión.
¿Significa eso que el faro ya no sirve? No exactamente.
Las señales luminosas continúan siendo una ayuda independiente y directa. Son una referencia visual inmediatamente comprensible y forman parte de sistemas de navegación diseñados precisamente para disponer de redundancia.
Y después existe otra función que nadie planeó cuando se construyeron.
La cultural.
Los faros se han convertido en patrimonio, museos, alojamientos, centros de interpretación y destinos turísticos.
Miles de personas llegan hasta ellos sin haber navegado jamás.
Quizá sea la paradoja más bonita de su historia.
Durante generaciones se construyeron para que quienes estaban en el mar supieran dónde se encontraba la tierra.
Hoy viajamos desde tierra para encontrarlos y mirar hacia el mar.
El farero solitario prácticamente ha desaparecido. La luz permanece.
Este artículo forma parte del Trabajo de Fin de Máster de Mónica Romero para el Máster en Periodismo de Viajes de la School of Travel Journalism.
Mónica Romero escribió esta pieza como Trabajo de Fin de Máster de su formación en la School of Travel Journalism. Si te inspiró, conoce el Máster en Periodismo de Viajes y el Máster en Periodismo Gastronómico, mira los documentales de viaje de nuestros alumnos en YouTube y escucha sus historias en nuestro podcast en Spotify.
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Todas las entregas de la serie «Costa da Morte»
- 1. Los faros del “fin de la tierra” en la Costa da Morte: donde acaba el mapa y empieza el Atlántico
- 2. Ruta de faros en Costa da Morte en 3–5 días: itinerario escénico, paradas y experiencias
- 3. Naufragios que bautizaron la Costa da Morte: 8 historias reales y qué queda hoy de ellas
- 4. Cabo Vilán: la luz que nació del miedo y de los temporales
- 5. Fisterra: el faro del final… y del principio de muchas vidas
- 6. Touriñán al atardecer: el ritual de la última luz
- 7. La vida del farero: del aislamiento a la automatización (estás aquí)
- 8. Leyendas de costa: raqueiros, piedras con memoria y otras historias que se cuentan (disponible el 25 de octubre)
- 9. 12 miradores de Costa da Morte para contemplar atardeceres de infarto (disponible el 26 de octubre)
- 10. Fotografiar faros y temporales en Costa da Morte: equipo, seguridad, encuadres y horas mágicas (disponible el 28 de octubre)