Por Mónica Romero
Serie «Costa da Morte» · Entrega 10 de 10. Una serie de Mónica Romero, escrita como parte de su Trabajo Final del Máster en Periodismo de Viajes de la School of Travel Journalism (TFM 2026).
Un temporal atlántico golpeando contra Cabo Vilán puede ser una de las escenas más espectaculares que un fotógrafo tenga delante.
También puede ser una de las situaciones en las que resulta más fácil cometer una estupidez por conseguir una foto. Y ninguna fotografía merece ese precio.

La primera regla para fotografiar Costa da Morte durante un temporal no tiene que ver con cámaras. Tiene que ver con meteorología.
Antes de desplazarnos conviene consultar la predicción marítima de AEMET, no solamente la previsión convencional de lluvia. Su servicio costero proporciona información de viento, oleaje y avisos; en el Atlántico se emiten avisos costeros cuando, entre otros criterios, se espera mar total de cuatro metros o más. Costa da Morte no es precisamente el mejor sitio para improvisar.
Los datos históricos de la boya Vilano-Sisargas muestran la potencia habitual del oleaje de esta zona y cómo los episodios más fuertes se concentran especialmente durante el invierno.
Una cosa importante: la fotografía de temporal se hace desde tierra segura, no desde la roca que recibe las olas.
Salvamento Marítimo recomienda evitar zonas rocosas demasiado expuestas al oleaje y acantilados de acceso peligroso.
Un teleobjetivo suele producir además imágenes mucho mejores que acercarse.
Con un 70-200 mm podemos comprimir la perspectiva y hacer que la ola parezca envolver el faro. Un 100-400 mm permite aislar detalles del oleaje desde una distancia considerable.
El gran angular cumple otra función. Entre 16 y 35 mm resulta ideal para incluir la estructura del faro dentro del paisaje y transmitir escala. Una figura humana pequeña, situada en una zona segura, puede ayudar muchísimo a entender el tamaño del entorno.
En cuanto al equipo, menos suele ser más.
Cuerpo sellado si disponemos de él, ópticas protegidas, paños de microfibra, parasol y una cubierta de lluvia sencilla. El verdadero enemigo no siempre será el agua que cae del cielo, sino el spray salino que llega horizontalmente y se deposita inmediatamente sobre el frontal del objetivo.
El trípode merece un capítulo propio.
Con viento fuerte puede convertirse en una vela. Hay que mantener las patas relativamente bajas, ampliar bien su base y evitar dejar la cámara montada sin sujetarla.
Para congelar las olas podemos trabajar con velocidades altas —1/1000 s o superiores dependiendo de la escena— y obtener toda la textura de la espuma.
Pero existe la opción contraria.
Con exposiciones más lentas, entre aproximadamente 1/4 y varios segundos, el movimiento del agua comienza a dibujar líneas y superficies sedosas. Un filtro ND permite prolongar todavía más la exposición durante el día.
La elección no es técnica. Es narrativa.
¿Queremos mostrar la violencia del mar o su movimiento?
La luz también cambia completamente el resultado.
Durante la hora dorada, el granito adquiere tonos cálidos y el faro se separa mejor del paisaje. En la hora azul aparece otra fotografía: el cielo conserva detalle mientras la propia señal luminosa empieza a cobrar protagonismo.
Aquí conviene conocer una pequeña trampa.
Un faro no tiene una luz continua. Cada uno posee una característica luminosa determinada. Si hacemos una exposición larga, podemos registrar uno o varios destellos y conseguir que el haz se convierta en parte de la composición.
Y después está la niebla.
Aquello que para el turista puede parecer un fracaso es un regalo para un fotógrafo.
La niebla elimina profundidad, simplifica el paisaje y transforma una torre que normalmente vemos a kilómetros de distancia en una aparición.
No todas las buenas fotografías de Costa da Morte necesitan un cielo épico.
A veces funcionan mejor tres elementos: un faro,un poco de niebla y muchísimo espacio vacío.
La última recomendación quizá sea la más importante. No lleguemos, disparemos y nos vayamos.
Observemos primero hacia dónde rompe el mar, cómo se mueven las nubes y dónde cambia la luz. Busquemos una primera capa —rocas, vegetación, senderos—, una segunda con el faro y una tercera con el océano.
Y dejemos que sucedan cosas.
Porque Costa da Morte tiene una curiosa costumbre.
Cuando creemos que ya hemos hecho la fotografía y empezamos a guardar la cámara, abre una nube, enciende el cielo y nos obliga a sacar todo otra vez.
Este artículo forma parte del Trabajo de Fin de Máster de Mónica Romero para el Máster en Periodismo de Viajes de la School of Travel Journalism.
Mónica Romero escribió esta pieza como Trabajo de Fin de Máster de su formación en la School of Travel Journalism. Si te inspiró, conoce el Máster en Periodismo de Viajes y el Máster en Periodismo Gastronómico, mira los documentales de viaje de nuestros alumnos en YouTube y escucha sus historias en nuestro podcast en Spotify.
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Todas las entregas de la serie «Costa da Morte»
- 1. Los faros del “fin de la tierra” en la Costa da Morte: donde acaba el mapa y empieza el Atlántico
- 2. Ruta de faros en Costa da Morte en 3–5 días: itinerario escénico, paradas y experiencias
- 3. Naufragios que bautizaron la Costa da Morte: 8 historias reales y qué queda hoy de ellas
- 4. Cabo Vilán: la luz que nació del miedo y de los temporales
- 5. Fisterra: el faro del final… y del principio de muchas vidas
- 6. Touriñán al atardecer: el ritual de la última luz
- 7. La vida del farero: del aislamiento a la automatización
- 8. Leyendas de costa: raqueiros, piedras con memoria y otras historias que se cuentan
- 9. 12 miradores de Costa da Morte para contemplar atardeceres de infarto
- 10. Fotografiar faros y temporales en Costa da Morte: equipo, seguridad, encuadres y horas mágicas (estás aquí)