Por Mónica Romero
Me pareció una idea muy atractiva poner rumbo a un lugar en cuyo nombre aparece la palabra “Muerte”, una costa, la más occidental de la Península Ibérica conocida como La costa da Morte
Uno puede localizarla perfectamente en un mapa, calcular kilómetros, reservar alojamiento, consultar la previsión meteorológica —actividad de riesgo en Galicia si se pretende hacer con más de veinticuatro horas de antelación— y hasta marcar con una estrella cada faro que quiere visitar. Pero nada de eso te prepara para la sensación de plantarse frente al Atlántico y comprender que, a partir de ahí, la tierra ya no tiene nada más que ofrecer. Solo queda mar hasta donde la vista alcanza.
Un mar inmenso, cambiante, hermoso y con muy malas pulgas cuando se lo propone.

He venido hasta esta costa persiguiendo tres luces: Cabo Vilán, Cabo Touriñán y Cabo Fisterra. Tres faros y tres maneras diferentes de mirar el mismo océano. Vilán habla de naufragios y de la necesidad de combatir la oscuridad. Touriñán tiene la soledad de los lugares que no necesitan demostrar nada. Fisterra es el gran final simbólico, el lugar al que llegan peregrinos y viajeros convencidos de haber terminado algo para descubrir, quizás, que acaban de empezar.
Pero durante el recorrido aparece una cuarta historia que termina uniéndolas a todas: la de quienes mantuvieron esas luces encendidas.
Los fareros.
Hombres y familias que durante generaciones vivieron en lugares donde hoy nosotros aparcamos el coche, hacemos veinte fotografías y exclamamos lo maravilloso que sería quedarse allí para siempre. Lo maravilloso, sospecho, cambia bastante cuando llega febrero, sopla un temporal del sudoeste y uno lleva tres días sin poder salir.
Para comprender esta costa hay que hacer algo más que fotografiarla.
Hay que escucharla.
Y eso es precisamente lo que allí fui a hacer.
Una costa que empezó siendo una advertencia
El nombre ya contiene una historia. Costa da Morte.
Suena a novela de aventuras, a mapa antiguo dibujado con monstruos marinos en los márgenes. Sin embargo, la expresión es relativamente reciente.
Durante el siglo XIX esta franja abrupta del litoral coruñés fue escenario de numerosos naufragios. Su geografía ayuda a comprender por qué: cabos que penetran en el Atlántico, bajos rocosos, rompientes, corrientes, nieblas y temporales, todo ello frente a rutas marítimas muy transitadas. Un estudio de la Universidade de Santiago de Compostela sitúa precisamente en aquellos naufragios decimonónicos y en su posterior tratamiento periodístico y literario el origen de la construcción legendaria de la Costa da Morte.
No existe, sin embargo, un señor con sombrero que un martes por la mañana decidiera bautizarla oficialmente.
La documentación permite seguir cómo el nombre empieza a aparecer en los primeros años del siglo XX. Una de las referencias escritas más tempranas localizadas hasta ahora está en el periódico coruñés El Noroeste, que el 14 de enero de 1904 publicó bajo el epígrafe de siniestros marítimos una información titulada “La Costa de la Muerte”, después de varios naufragios. Poco después la viajera británica Annette Meakin recogió la expresión inglesa Coast of Death en sus viajes por Galicia y la llevó a su libro Galicia, the Switzerland of Spain, publicado en 1909, señalando que la denominación era conocida entre gente de mar.
Antes de convertirse en territorio turístico, fue, por tanto, una advertencia.
Una geografía que los navegantes aprendieron a respetar.
Y si existe un punto en el que esa historia se vuelve visible es Cabo Vilán.
Cabo Vilán: cuando una luz se convierte en necesidad
La carretera que conduce desde Camariñas hacia Cabo Vilán va dejando atrás casas, pequeñas parcelas y la sensación tranquilizadora de estar cerca de un pueblo.
Poco a poco aparece el granito. Después el viento. Finalmente, el océano.
El faro no se presenta tímidamente. Está allí, elevado sobre una mole rocosa, como si alguien hubiera colocado una torre en el peor lugar posible con la intención de demostrar que incluso allí se podía mantener una luz encendida.
Antes de llegar ya se siente el viento empujando el coche.
Fuera, se encarga de lo demás.
El pelo dura exactamente tres segundos en su sitio. El intento de grabar sonido limpio, aproximadamente cuatro. Y cualquier pretensión de caminar con dignidad desaparece en cuanto una ráfaga obliga a inclinar el cuerpo hacia delante.
Bienvenidos a Vilán.
El faro actual se inauguró en 1896 y se levantó a unos 75 metros sobre el nivel del mar. Su torre de piedra, de unos 25 metros, está comunicada mediante un corredor cubierto con el edificio destinado originalmente al servicio y alojamiento de los fareros. Fue además el primer faro de España en funcionar con energía eléctrica. Sustituía a una señal anterior de 1854 cuya ubicación y potencia habían demostrado ser insuficientes.
Pero para comprender por qué Vilán necesitó una nueva luz hay que mirar hacia otro punto de esta costa.
Hacia Punta do Boi.
Y regresar a la noche del 10 de noviembre de 1890.
El Serpent y las cruces frente al Atlántico
Rocío, encargada del museo instalado en Cabo Vilán, me ayuda a poner nombres y fechas a ese océano que desde fuera parece simplemente espectacular.
Y de pronto el paisaje cambia.
Porque cuando conoces lo que ocurrió en determinadas rocas, ya no vuelves a mirarlas igual.
El HMS Serpent era un buque de la Marina Real británica que navegaba hacia África cuando naufragó frente a la costa de Camariñas. La tragedia se convirtió en uno de los episodios más conocidos de la historia marítima de la zona y reforzó la necesidad de mejorar la señalización de Cabo Vilán. Turismo de Galicia recoge 172 marineros enterrados en el conocido hoy como Cementerio de los Ingleses y tres supervivientes.
Rocío va reconstruyendo ese mundo de barcos que navegaban sin GPS, sin cartas electrónicas y sin la seguridad tecnológica que hoy parece inseparable de un puente de mando.
Entonces una luz podía significar mucho más que una referencia bonita en el horizonte.
Podía ser la diferencia entre saber dónde estaba la costa o descubrirlo demasiado tarde.
En las salas del centro de interpretación, las historias de naufragios dejan de ser una cifra.
Aparecen nombres de barcos, rutas, objetos, imágenes.
Y sobre todo aparece una pregunta incómoda: ¿cuántas vidas hicieron falta para perfeccionar la seguridad marítima?
Muchas infraestructuras que hoy consideramos normales nacieron después de una tragedia.
Los faros también.
No se construyeron para embellecer fotografías al atardecer.
Se construyeron porque alguien no regresó a casa.
Desde Vilán me acerco después hacia el Cementerio de los Ingleses.
El paisaje se vuelve todavía más desnudo.
No existe aquí la monumentalidad de otros cementerios. Precisamente por eso emociona.
Granito, muros bajos, cruces. Y delante, el mismo Atlántico. Me quedo un rato en silencio.
Resulta difícil reconciliar tanta belleza con tanta pérdida.
El mar es así de contradictorio: puede ofrecer en el mismo minuto una fotografía perfecta y una sensación de amenaza. Uno entiende entonces que los habitantes de estas aldeas nunca lo contemplaron como lo hace el visitante ocasional.
Para ellos no era únicamente paisaje. Era trabajo. Era comida. Era carretera.
Y, algunas veces, era una puerta que no devolvía a quien había salido por ella.
Agapito y la vida detrás de la luz
Los faros suelen fotografiarse desde fuera.
Quizá por eso olvidamos que durante mucho tiempo tuvieron vida dentro.
Agapito, farero jubilado, me acerca precisamente a ese otro lado de la historia.
Escuchándole resulta fácil desmontar la imagen romántica del hombre solitario que pasa sus noches leyendo novelas junto a una ventana mientras el océano ruge de manera muy fotogénica.
La vida farera tenía bastante menos de postal.
Había turnos, mantenimiento, revisiones, mecanismos que comprobar y una enorme responsabilidad sobre una señal que debía funcionar cuando más necesaria resultaba: precisamente durante las peores condiciones meteorológicas.
La luz no entendía de fines de semana, ni de Navidad, ni de noches de temporal.
Había que vigilar ópticas, combustibles en los sistemas antiguos, mecanismos de rotación y posteriormente equipos eléctricos. Las incidencias se anotaban. El tiempo se observaba. Cada anomalía importaba.Y luego estaba el aislamiento.
Un faro podía convertirse durante días en un pequeño mundo separado del resto.
Agapito pertenece a una generación que ha visto cambiar radicalmente el oficio.
La historia de los faros españoles es también una pequeña historia de la tecnología: aceites, petróleo, vapor, electricidad, ópticas cada vez más potentes, radio, sistemas automáticos, telegestión, navegación por satélite.
Cada innovación redujo una parte del trabajo manual. Hasta que la figura clásica del farero empezó a desaparecer.
Pero escuchando a Agapito queda claro que automatizar una luz no equivale a borrar todo lo que existe detrás de ella. Los faros siguen necesitando mantenimiento. Siguen siendo ayudas a la navegación.
Solo que ahora el marino cuenta con GPS, radar, sistemas electrónicos y una capacidad de posicionamiento que un capitán del siglo XIX habría considerado brujería.
Agapito habla del oficio desde esa rara posición de quien ha conocido dos mundos.
Uno en el que el faro era casa.Y otro en el que se ha convertido sobre todo en infraestructura.
Pienso en las familias. Porque en muchos faros no vivía solo el farero. Vivían esposas, hijos, compañeros destinados a la misma señal. Niños para quienes un cabo azotado por el viento era simplemente su patio de casa.
Mujeres sosteniendo buena parte de una vida doméstica que rara vez aparece en la historia oficial de los faros. Comidas, estudios, visitas, enfermedades, inviernos.
La épica marítima suele estar escrita con naufragios y rescates.
Pero también existe otra épica mucho más silenciosa: la de hacer una vida normal en un lugar completamente extraordinario.
Camelle y el hombre que convirtió el mar en museo
Antes de dirigirme hacia Touriñán hago una parada que aparentemente me aleja de los faros, aunque pronto descubro que en realidad me acerca todavía más a la relación de esta tierra con el océano.
Se trata del municipio de Camelle.
Aquí el mar entra literalmente en el pueblo.
Y aquí vivió durante décadas Manfred Gnädinger, el alemán al que todos terminaron llamando simplemente Man de Camelle.
En el Museo de Man me recibe Manolo, su director.
Si los fareros intentaron interpretar el océano para proteger a quienes navegaban, Man hizo algo completamente distinto: intentó convertir su relación con él en arte.
Había llegado desde Alemania y terminó construyendo junto al mar un universo propio con piedras, maderas, huesos, objetos arrastrados por las mareas y estructuras que transformaban el paisaje.
Durante años fue descrito como un ermitaño excéntrico. Pero reducirlo a esa caricatura es perderse lo más interesante.
La propia documentación museística gallega reivindica hoy su dimensión como creador polivalente y sitúa su trabajo dentro de una experiencia singular de arte outsider. Su archivo incluye centenares de fotografías, dibujos y escritos con los que sistematizó su particular proyecto museográfico.
Manolo habla de Man y, inevitablemente, termina hablando del mar. Porque aquí todos los caminos parecen llevar al mismo sitio. También las historias de naufragios.
Camelle pertenece a uno de los tramos históricamente más castigados y fue precisamente el entorno entre Camelle y Cabo Vilán uno de los primeros asociados al nombre de Costa da Morte.
Mientras escucho, pienso que el naufragio es una palabra muy grande para algo que después se fragmenta en pequeños restos. Una tabla. Una botella. Un zapato. Una pieza de metal. Objetos que el mar devuelve sin explicar a quién pertenecieron.
Man trabajaba precisamente con aquello que el océano depositaba en la costa.
Su historia quedó además unida para siempre a otra catástrofe marítima mucho más reciente: el Prestige.
El 16 de noviembre de 2002, el fuel alcanzó su jardín-museo. Man murió pocas semanas después, el 28 de diciembre. Su figura permanece inevitablemente vinculada a aquella marea negra, aunque su obra y su pensamiento son mucho más amplios que ese desenlace.
Salgo del museo con una sensación extraña.
He venido buscando faros y termino pensando en todo lo que el mar devuelve.
Quizá viajar por Costa da Morte consiste precisamente en eso.
En descubrir que ninguna historia permanece aislada.
Un faro conduce a un naufragio. Un naufragio conduce a una aldea. Una aldea conduce a un artista.Y el artista vuelve a conducirte al mar.
Rumbo a Touriñán
Desde Muxía, la carretera hacia Cabo Touriñán atraviesa un paisaje que va perdiendo progresivamente elementos humanos. Casas, aldeas, muros, campos…
Hasta que llega un momento en que parece que alguien hubiese bajado el volumen del mundo.
Touriñán no tiene la presencia dramática de Vilán. No la necesita. Su fuerza está precisamente en el vacío.
El cabo se adentra aproximadamente un kilómetro en el Atlántico y está considerado el punto más occidental de la España peninsular. Durante determinados periodos alrededor de la primavera y el final del verano, su posición permite contemplar allí el último ocaso de la Europa continental.
Aquí hay dos faros. El antiguo, de finales del siglo XIX, y la torre moderna, puesta en servicio en 1981.
Camino entre ambos. El viento mueve la vegetación baja como si el terreno respirara. No hay grandes construcciones alrededor. No hay tiendas de recuerdos. No hay una multitud esperando para hacerse la misma fotografía.
Solo roca, hierba, cielo y océano.
Me gusta Touriñán precisamente por eso. Porque obliga a quedarse.
No hay demasiadas cosas que “hacer”. Y esa es una de las experiencias que el viajero contemporáneo parece haber olvidado. No hacer nada, sentarse, mirar, esperar…
El turismo nos ha convertido a veces en coleccionistas compulsivos de lugares. Llegamos, fotografiamos, etiquetamos y seguimos adelante con la eficiencia de un repartidor urgente.
Touriñán arruina el sistema. Aquí el acontecimiento consiste en que el sol tarde veinte minutos en desaparecer. Y uno decide regalarle esos veinte minutos.
Esperar al último sol
A medida que avanza la tarde aparece más gente. No demasiada. Parejas. Algún fotógrafo. Viajeros que caminan hacia la punta. Personas que buscan una roca desde la que mirar el horizonte.
Todos parecen esperar lo mismo. El sol. No sé en qué momento mirar una estrella situada a unos 150 millones de kilómetros se convirtió en un plan de viaje, pero funciona.
La luz empieza a bajar. El océano pasa del azul al gris metálico y después a tonos más cálidos. Las sombras alargan las formas del terreno.
Por un instante el faro deja de ser protagonista.
La protagonista es la línea del horizonte.
Me pregunto qué sintieron durante siglos los habitantes de esta costa viendo desaparecer el sol en ese océano sin conocer qué había más allá.
Nosotros sabemos demasiado. Sabemos que América está al otro lado. Sabemos cómo gira la Tierra. Sabemos a qué hora exacta se pondrá el sol porque el móvil nos lo dice con una precisión casi ofensiva.
Y, aun así, seguimos viniendo. Seguimos esperando. Tal vez porque el conocimiento no elimina el misterio. Solo lo cambia de sitio.
Cuando el último borde del sol desaparece tengo la sensación absurda de haber asistido a algo irrepetible, aunque sé perfectamente que mañana volverá a ocurrir.
Ese es el pequeño engaño maravilloso de los atardeceres. Siempre son el mismo. Nunca son iguales.
Y en Touriñán la experiencia adquiere un significado añadido. Aquí la tierra parece retirarse para que el cielo y el mar continúen la conversación a solas.
La Galicia que recibe sin hacer ruido
Entre faro y faro aparecen pueblos. Y con ellos otra parte imprescindible de Costa da Morte. La gente.
Existe una hospitalidad gallega que no necesita grandes demostraciones. No suele presentarse con fanfarria. Funciona de otra manera.
Primero alguien responde con cierta prudencia a una pregunta. Después da una indicación. Luego añade otra.
Y veinte minutos más tarde uno sabe dónde comer, qué carretera evitar, quién conoce la historia que está buscando y por qué debería acercarse a hablar con el primo de alguien que “sabe moito desas cousas”.
Ese carácter tiene algo que me gusta especialmente.
Aquí la memoria parece circular por redes invisibles. El conocimiento del territorio sigue teniendo nombres y apellidos. Hay historias que no aparecen en Google. Hay que preguntarlas.
Y saber escuchar la respuesta completa, incluidos los desvíos. Sobre todo los desvíos.
Porque a veces preguntas por un naufragio y terminas escuchando la historia del abuelo que encontró un objeto en la playa.
O preguntas por un farero y alguien recuerda cómo llegaban sus hijos al colegio.
En esas pequeñas digresiones aparece la verdadera textura del lugar.
La Costa da Morte no es únicamente un inventario de faros y tragedias marítimas.
Es una cultura construida alrededor de la presencia constante del océano.
Muxía: peregrinos entre la piedra y el agua
Antes de Fisterra, Muxía añade otro ingrediente al viaje.
Los peregrinos. Se reconocen inmediatamente. Mochilas grandes, botas castigadas. bastones…
Y una manera particular de caminar que mezcla cansancio y orgullo.
Llegan al Santuario da Virxe da Barca y se dispersan entre las rocas frente al mar.
Algunos hablan. Otros simplemente se sientan.
Me interesa observarlos porque representan una forma completamente distinta de relacionarse con esta costa.
Para el marinero, el cabo es un peligro, para el farero, una responsabilidad, para el viajero, paisaje, para el peregrino, final.
O eso cree.
El Camino de Fisterra y Muxía prolonga hacia el océano la experiencia jacobea. La relación de Fisterra con antiguas peregrinaciones y con la tradición vinculada al Camino está documentada desde época medieval, y el propio Concello recuerda referencias a la zona en el Códex Calixtinus.
Viendo caminar a estas personas comprendo que el “fin de la tierra” funciona muy bien como metáfora precisamente porque toda frontera invita a imaginar qué existe después.
Y nosotros necesitamos fronteras. Necesitamos colocar finales, fechas, kilómetros cero, puertas que cerrar… Aunque sea para volver a abrirlas un minuto después.
Fisterra: el faro más esperado
La llegada a Cabo Fisterra es muy diferente de la llegada a Touriñán. Aquí nadie está solo, autobuses, coches, peregrinos, viajeros, fotógrafos, familias…
Personas que llegan para el gran acontecimiento, culminar el camino, el día, el viaje con la puesta de Sol en “el fin de la Tierra”
La carretera asciende desde el pueblo hasta el faro y, según se gana altura, la ría de Corcubión queda atrás.
El edificio aparece finalmente sobre el cabo. El faro fue construido en 1853, a unos 138 metros sobre el nivel del mar, para proteger uno de los sectores históricamente más peligrosos del litoral. Su torre octogonal forma parte de un conjunto al que con el tiempo se sumaron otras instalaciones, entre ellas la conocida sirena de niebla, popularmente llamada “la vaca de Fisterra”.
Pero sería ingenuo pensar que la mayoría de quienes llegan hasta aquí vienen por sus características técnicas.
Vienen por el nombre. Finis Terrae, el final de la tierra.
La idea arrastra siglos de imaginación. El propio Concello de Fisterra mantiene viva esa tradición del cabo como borde del mundo conocido, el lugar donde el sol parecía hundirse cada noche en el océano.
Geográficamente sabemos que el asunto es más complejo. Touriñán está más al oeste. Pero a los mitos no se les derrota con coordenadas. Y Fisterra ha ganado la batalla simbólica.
El curioso tráfico de los finales
Me siento a observar a los peregrinos. Es casi un pequeño estudio antropológico improvisado. Algunos llegan en silencio, otros lo celebran, se abrazan, se hacen fotografías, hay lágrimas, hay cerveza, hay personas mirando el mar como si esperaran que alguien les entregase un certificado que diga: “Enhorabuena, ya ha entendido usted su vida”.
El Atlántico, por supuesto, no entrega certificados. Se limita a seguir moviéndose. Y quizá por eso funciona.
A diferencia de nosotros, el mar no tiene ninguna urgencia por llegar a conclusiones. Un peregrino se quita la mochila, otra persona mira durante varios minutos hacia el horizonte, una pareja se abraza… Yo camino un poco más abajo buscando un lugar tranquilo.
Pienso en todas las personas que durante siglos vieron este mismo mar por razones completamente diferentes.
Marineros intentando localizar la señal del faro, fareros comprobando la linterna, familias esperando noticias de un barco, pescadores leyendo el viento.
Y ahora nosotros, los viajeros, venimos a buscar belleza y terminamos encontrando memoria.
Tres faros, tres maneras de contar una costa
Después de varios días recorriendo estos cabos empiezo a comprender que los tres faros cuentan la Costa da Morte mejor juntos que por separado.
Cabo Vilán representa la advertencia. Es la luz nacida de la necesidad. La respuesta tecnológica a un litoral que había demostrado demasiadas veces su peligro.
El Serpent, el Cementerio de los Ingleses, los relatos que Rocío conserva y contextualiza desde el museo convierten este cabo en una especie de archivo abierto frente al océano.
Touriñán representa la inmensidad. No necesita una gran tragedia para justificar la visita. Allí se comprende físicamente qué significa estar en un extremo, tierra detrás, océano delante y un faro manteniendo la posición.
Fisterra representa el símbolo. La geografía convertida en emoción. El lugar donde miles de personas deciden terminar un camino. Y entre los tres aparece la historia humana de los fareros.
Agapito aporta algo que ninguna ficha técnica puede explicar, que detrás de la luz había alguien que debía encenderla cada noche, cuidarla, comprobarla, sin descanso, sin días libres y esperar que siguiera funcionando cuando llegara la peor noche del invierno.
Eso cambia mi manera de mirar un faro. Dejo de verlo únicamente como arquitectura. Empiezo a verlo como presencia humana.
Los ángeles del mar
Quizás por eso me gusta pensar en ellos como ángeles del mar.
No porque exista nada sobrenatural en un faro. Al contrario. Un faro es profundamente humano.
Es piedra, metal, óptica, cálculo, electricidad, mantenimiento. Ingeniería colocada frente a algo que no podemos controlar.
Y precisamente ahí reside su belleza. Los seres humanos nunca consiguieron detener los temporales. No pudieron eliminar los bajos. Ni ordenar al océano que dejara de golpear contra Punta do Boi.
Lo único que pudieron hacer fue estudiar el peligro y colocar una luz.
“No puedo detener el mar, pero puedo avisarte de que el peligro está ahí.”
Pocas construcciones expresan mejor nuestra fragilidad y nuestra inteligencia al mismo tiempo.
Hoy la navegación dispone de tecnologías que aquellos antiguos fareros no podrían haber imaginado. Pero cuando cae la noche, las luces siguen girando.
Una y otra vez.
Y continúan resultando hipnóticas. Quizá porque nosotros también necesitamos referencias. Incluso cuando no estamos navegando.
Donde termina la tierra
Regreso al faro de Fisterra para ver caer la tarde.
La multitud va encontrando sitio, el viento ha aflojado, el cielo comienza a teñirse lentamente y por un momento pienso en el nombre con el que comencé este viaje.
“Costa da Morte”.
Después de recorrerla ya no me parece un nombre oscuro. Me parece un nombre incompleto. Porque esta costa habla de muerte, sí. Habla de naufragios, de marineros que nunca regresaron, de tragedias que provocaron mejoras en la navegación, de cruces frente al océano…
Pero habla muchísimo más de vida. De comunidades que aprendieron a convivir con una geografía difícil, de familias de fareros, de pescadores, de mujeres esperando barcos y sosteniendo pueblos, de personas que convirtieron la memoria en museos. De un alemán llamado Man que encontró en las piedras y en los restos del océano una manera completamente personal de entender el mundo.
De peregrinos que llegan exhaustos hasta el Atlántico para descubrir que todavía tienen que volver a casa.
El sol comienza a tocar el horizonte. Todo el mundo levanta el móvil.
Yo también he posicionado mi cámara estratégicamente para no perder cada detalle. Para grabar ese preciso momento en el que el Sol desaparece detrás del horizonte lejano.
Pero tampoco renuncio a verlo con mis propios ojos, desapareciendo poco a poco.
El cielo permanece iluminado unos minutos más.
Y entonces ocurre algo que resume perfectamente todo el viaje.
Cuando la luz natural empieza a desaparecer, el faro cobra protagonismo.
Su señal comienza a latir, a girar, con su frecuencia, con su propia identidad, con constancia. Incansable, indiferente a nosotros, indiferente a las fotografías, indiferente incluso al mito del fin del mundo.
Hace exactamente aquello para lo que fue construido. Señalar, orientar, permanecer…
Y comprendo que quizás esa sea la verdadera enseñanza de esta costa. Una llega pensando que viene a conocer el lugar donde termina la tierra.
Pero la Costa da Morte no habla de finales, habla de lo que hacemos cuando llegamos hasta ellos.
Los navegantes buscaron una luz, los fareros decidieron mantenerla viva, los peregrinos continúan caminando, los pueblos conservan las historias.
Y el viajero mira el horizonte intentando averiguar qué viene después.
Delante de mí ya no queda tierra. Solo el mar y sobre él, el cielo.
Entre ambos, durante unos segundos, resulta imposible saber dónde termina uno y comienza el otro.
Y allí, en ese espacio incierto, vuelve a aparecer el destello del faro.
Una vez después otra, como si desde hace más de un siglo estuviera repitiendo la misma respuesta.
El mundo no termina aquí. Aquí simplemente empieza el mar.
Este artículo forma parte del Trabajo de Fin de Máster de Mónica Romero para el Máster en Periodismo de Viajes de la School of Travel Journalism.
Mónica Romero escribió esta pieza como Trabajo de Fin de Máster de su formación en la School of Travel Journalism. Si te inspiró, conoce el Máster en Periodismo de Viajes y el Máster en Periodismo Gastronómico, mira los documentales de viaje de nuestros alumnos en YouTube y escucha sus historias en nuestro podcast en Spotify.
Este artículo forma parte del Trabajo Final de Máster de Mónica Romero en el Máster en Periodismo de Viajes de la School of Travel Journalism (promoción 2026).