Por Florencia Fraga
“Es como si el tiempo no pasara”, comentó una mujer alemana con la que compartíamos una vista privilegiada a la Iglesia San Francisco, desde una piscina de dos metros por uno.
Allí, cinco personas adultas, una niña y un bebé disfrutábamos de la única actividad posible en aquel mediodía de domingo, cuando el calor seco e intenso se hacía presente. En un español prácticamente perfecto, ella nos contaba que muchos años atrás vivió en Argentina: eligió el país para un intercambio de estudio y durante ese período aprovechó a recorrer gran parte del territorio. Hoy, acompañada de su familia, volvía para unas vacaciones.
Un motivo especial de la elección del destino era visitar a una amiga de aquellas épocas de estudio, también alemana, que decidió quedarse a vivir montaña adentro tras enamorarse de un lugareño. Hasta el día de hoy, ella sigue intentando descifrar el acertijo de cómo su amiga logra vivir en un lugar donde “el tiempo no pasa”. Una apreciación que toma fuerza cuando salís de Salta “La Linda” y recorrés caminos perdidos montaña adentro.
Salta “La Linda” y el arte de coquear
El paso por Salta fue fugaz, aunque no por eso limitante para hacer lo posible por recorrerla y disfrutar de sus calles. Un taxista local nos asesoró sobre el típico arte de coquear —masticar hojas de coca formando el acullico, ese pequeño bolo que se coloca entre la encía y la mejilla— y, con su discurso en tono convincente y de expertise, se hizo de una propina. Dos días después de nuestra llegada, con nuestro primer paquete de hojas de coca en mano, junto a mis dos amigas emprendimos ruta por el Norte argentino. Recorrer estas regiones era un deseo que tenía en mente desde hacía mucho tiempo, y por fin se estaba realizando.
Ruta por el Norte: Cachi, Cafayate y la Quebrada de Humahuaca
Recorrimos 1.564 kilómetros en auto para visitar Cachi y dormir en una cabaña donde nos peleábamos por la tarea de lavar los platos, con tal de contemplar la inmensidad de las montañas por el ventanal. Continuamos por la árida Quebrada de las Flechas hasta llegar a Cafayate y sus frondosos viñedos. Llegar a Purmamarca desde Cafayate significa atravesar la ruta 68, donde nos perdimos en la fusión de los colores: el rojizo de las rocas, el verde del pasto, el amarillo de lo árido, el azul del cielo.
Las Salinas Grandes nos impactaron con su extensión, mientras que Tilcara y Humahuaca nos regalaron senderos entre quebradas de rocas naranjas, serranías de colores y cascadas. El viaje terminó en San Salvador de Jujuy, donde el paisaje se transforma con la humedad de la yunga jujeña —la selva subtropical de montaña que se desarrolla en las laderas orientales de los Andes—, como se aprecia al recorrer el Parque Nacional Calilegua.
El camino a Iruya con Ignacio
Tengo momentos de este gran viaje muy anclados en mi mente. Uno de ellos es el camino a Iruya con Ignacio: un pueblo al que, para llegar, hay que transitar senderos sobre las nubes. Fueron varias horas de viaje por las montañas mientras escuchábamos historias de la región en la voz del locatario. Por momentos, el acento cerrado norteño, sumado al sonido del motor de la 4×4, nos dificultaba seguir el hilo de la historia, pero no fue impedimento para seguir atentas a cada relato. Ignacio nos contaba sobre las costumbres locales, sobre la esencia de cada pueblo y sobre cómo era la vida en ellos. Su relato se entrelazaba con los paisajes que descubríamos a lo largo del camino y me conectaba aún más con la experiencia de estar allí.
“Lo de Lidia”: una charla que deja huella
Otra de las vivencias que marcó este viaje sucedió luego de recorrer la Quebrada de las Señoritas. Ese día el cielo estaba totalmente despejado y la temperatura fue la ideal para recorrer los largos caminos entre paredes de rocas. Una vez finalizado el recorrido, decidimos almorzar en Uquía.
—“¿De dónde nos visitan?” pregunta la joven que trabaja en “Lo de Lidia”, un restaurante establecido en la casa de la mismísima Lidia, donde se lucían varios diplomas por elaborar el mejor tamal del Norte.
—“De Uruguay” respondemos.
—“De seguro son todas enfermeras o doctoras” exclama con seguridad la joven.
—“No, no” respondemos entre tímidas sonrisas.
Sus ojos negros brillaban y su rostro dibujaba una expresión de orgullo y anhelo que me estremeció. Ese instante dejó huella en mi alma. El hecho de que la joven diera por hecho que teníamos una formación terciaria me hizo consciente de nuestros privilegios. No somos enfermeras ni médicas y, sin embargo, las tres tuvimos la posibilidad de elegir entre futuros posibles. Una realidad que no se da para todas las personas y que este intercambio, que podría haber sido efímero, me reveló por completo. Hay una energía particular en toda esta zona de Argentina: se percibe en el aire y al conversar con la gente. Y esto hace que el cuerpo vibre diferente.
Purmamarca, Viltipoco y la memoria de la tierra
Caminar por las callecitas de los pueblos de por aquí, y sobre todo por Purmamarca, es pasear por el paraíso artesano. Aflora toda la riqueza musical y poética en cada peña —esas reuniones donde predominan los ritmos folklóricos como la zamba, la chacarera o el malambo— mientras el aroma de las tortillas a la parrilla recién preparadas enamora. De hecho, la expresión cultural ha sido un arma de resistencia en estas regiones, y mantiene viva la memoria de N. P. Viltipoco, cacique omaguaca oriundo de Purmamarca que reunió a los pueblos de la Quebrada y guio la lucha por su permanencia. Irene Marks lo expresó en uno de los poemas de su libro Antigales:
“…Buscan las piedras
la llaga abierta de tu indomable vena.
La encuentran y se incendian.
No fue de infierno esa luz.
En la ensangrentada rosa
de la roca encendida
en Purmamarca,
más allá del arrebol de todos los ocasos,
tu sangre está y estalla.”
Recuerdo toparme con el monumento a este cacique y encontrarle un especial sentido a la leyenda grabada en él: “Pero el alma no se vende, ella siempre ha de quedar, en lo profundo del tiempo, que queremos recobrar”. ¿Será entonces que en realidad no es que el “tiempo no pasa”, sino que, por estas latitudes, los tiempos son los del alma? Tiempos lentos, de presencia y de registro, para darle espacio a la mente de interpretar la respuesta que el cuerpo ya percibió.

La Pachamama y los tiempos del alma
Mi cuerpo tiene memoria de las sensaciones experimentadas durante mi estancia por el Norte argentino. Cierro los ojos y puedo sentir el aire cálido en mi cara, el sol iluminando firme mi corona, mis ojos encandilados por el resplandor del cielo y, al mismo tiempo, maravillados por el naranja deslumbrante de la Quebrada de las Señoritas. La emoción de caminar sobre los doscientos doce kilómetros cuadrados de las Salinas Grandes, las mismas que llevan allí millones de años. La de tener frente a mí un arcoíris impreso en la tierra, como lo es el Hornocal, serranía a más de cuatro mil metros de altura que me obliga a hacerme consciente del trayecto completo de mi respiración. Saborear una empanada norteña y refrescarme con una cerveza fría luego de una larga caminata por visitar la Garganta del Diablo.
Ya lo dijo Don Atahualpa Yupanqui, aquel cantor y poeta de raíz que retrató en su música el pulso lento del campo: “Para el que mira sin ver, la tierra es tierra nomás”. Las comunidades del Norte argentino, su gente y su cultura logran transmitirte el fuerte amor y arraigo por sus tierras: el sentido de la existencia y lo importante de estar agradecidos con la Pachamama, pues es ella quien todo nos da. La tierra provee a los pueblos tanto del material para elaborar los ladrillos de sus casas como del espacio para cosechar su comida y criar sus animales. Cada agosto, las comunidades se brindan a la Pachamama festejándola, pero especialmente contemplándola, honrándola y entregándole ofrendas en forma de agradecimiento. Pues no hay vida sin la bondad de la tierra.
Por estos lados del mundo se entendió perfectamente que los tiempos de la naturaleza son sabios, y que respetarlos es la manera de vivir en ella y gracias a ella. El Norte argentino ve y siente con el alma su tierra; no la mira nomás. Y yo vuelvo a mi país atravesada por este modo de existir. El comentario de aquella mujer alemana aún resuena en mi mente, como lo hizo durante todo mi viaje, porque ahora entiendo que no es que el tiempo “no pase” por estas latitudes, sino que es a mí a quien se le escapa en la vorágine de las grandes urbanizaciones y en las urgencias que esfuman mi presencia consciente.
Florencia Fraga escribió esta pieza como parte de su formación en la School of Travel Journalism. Si te inspiró, conocé el Máster en Periodismo de Viajes y el Máster en Periodismo Gastronómico, mirá los documentales de viaje de nuestros alumnos en YouTube y escuchá sus historias en nuestro podcast en Spotify.
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