Por Claudia Terreros
Desde los sótanos donde resuena la electrónica en Sarajevo hasta los puentes otomanos del Drina y los bosques primigenios de la Sutjeska, en Bosnia y Herzegovina, las mezquitas, iglesias y puentes antiguos no son simples monumentos separados; son piezas de un mismo sistema social que sostiene la relación entre historia, comunidad y territorio. La tesis es clara: el sector turístico, aún en desarrollo, debe integrarse de manera coherente a ese sistema y no tratar sus elementos como atractivos aislados.
Mientras algunos países logran cerrar capítulos de su historia, el corazón de los Balcanes aprende a convivir con ellos abiertos. El territorio evidencia una superposición de épocas: el reino medieval, los siglos otomanos, el periodo austrohúngaro, la Yugoslavia socialista y la guerra de los años noventa coexisten en los mismos espacios. No obstante, la idea central no reside en las conmemoraciones, sino en que un sótano de Sarajevo, un puente sobre el Drina y un bosque en la Sutjeska funcionan hoy como partes de un mismo sistema.

Bajo las órdenes de un país transparente.
Sarajevo fue durante décadas uno de los principales puntos de encuentro multiculturales de los Balcanes —ortodoxos, católicos, musulmanes y judíos sefardíes conviviendo en el mismo barrio—, y esa condición, dañada pero no eliminada por los casi cuatro años del cerco, sigue operando bajo capas de reconstrucción. Por la noche, la ciudad se vuelve más legible. La escena local de clubbing no tiene la escala de Berlín o de Belgrado, sino una inferior, aunque con una energía similar. Espacios reducidos sin una estética exportable, donde conviven distintas generaciones. El techno y la electrónica con influencias balcánicas no constituyen aquí una industria, sino una extensión “silenciosa” de la vida social. En una misma mesa pueden coincidir estudiantes, trabajadores y personas de diferentes orígenes étnicos o religiosos. No se trata de ninguna relación aspiracional—los conflictos políticos del país siguen siendo reales— pero sí de una convivencia sana y respetuosa. La diversidad ejerce un punto de mira real que no se ha contemplado ni admirado lo suficiente.
Una gentrificación que reorganiza sin expulsar
Sobre ese tejido cotidiano empieza a actuar, con cuidado pero ya perceptible, la mirada externa. La gentrificación emocional — el dolor real de sus habitantes es desplazado por narrativas edulcoradas para el consumo exterior— se presenta como una reorientación tras sufrir el mayor asedio de la historia moderna. Algunos locales que durante años funcionaron como puntos de encuentro informales empiezan a estabilizar su carta, su estética y su comunicación, ya que aparecen en recomendaciones internacionales. La ciudad, que se ha reconstruido desde dentro, empieza a explicarse hacia fuera. Y explicarse hacia fuera, por mucho cuidado que se tenga, modifica la cosa explicada internamente. El riesgo no es perder la autenticidad en el sentido turístico clásico, sino alterar el equilibrio de lo cotidiano: cuando el tiempo libre se percibe como experiencia y la vida social como contenido, la dinámica cambia.
Y explicarse hacia fuera, por mucho cuidado que se tenga, modifica la cosa explicada internamente.
Fuera de la capital, el patrimonio como sistema
Lo mismo ocurre, a escala distinta, fuera de la capital. Los puentes otomanos —el Stari Most de Mostar, reconstruido en 2004 once años después de su destrucción, y el de Mehmed Paša Sokolović sobre el Drina, en Višegrad, que Andrić convirtió en novela— son el monumento bosnio por antonomasia. Pero su valor no proviene de la lógica que los justifica, no de ser un objeto aislado: el río estrechando el valle, la ruta caravanera que conectaba Sarajevo con Estambul, la fortaleza medieval en la ladera de enfrente. Esa misma lógica explica los pueblos que el turismo tiene pendiente de fijar: Jajce, antigua capital del reino medieval bosnio, con una catarata urbana donde el Pliva se precipita sobre el Vrbas; Travnik, sede otomana del visir, con sus mezquitas alineadas frente a edificios austrohúngaros; Počitelj, tallado en la ladera del Neretva, parcialmente abandonado durante la guerra y rehabilitado ahora con lentitud; Blagaj, donde una tekke derviche del siglo XVI se sostiene literalmente sobre la fuente del río Buna. Y explica también el contrapunto natural: la Sutjeska, en el sureste, alberga el Perućica, uno de los últimos bosques primigenios de Europa, cuya única protección efectiva ha sido, durante siglos, no tener acceso por carretera.
Lo que une la vida cotidiana sarajevita con su patrimonio cultural es la resistencia a la posibilidad de convertirse en polvo. Una sesión de seis horas en un sótano, donde lo importante es la curva ascendente de la madrugada, se exporta mal. Una ruta histórica entre tres ciudades medievales, donde lo significativo es la relación entre ellas y no cada una por separado. Bosnia y Herzegovina creció turísticamente a tasas anuales cercanas al 10 % antes de la pandemia y ya ha recuperado esos niveles. La pregunta operativa, por tanto, no reside en la expansión —la está haciendo—, sino bajo qué lógica. La consumición, por cada monumento y frecuente en destinos consolidados, traduce mal este país: aplanarlo en una lista de lugares sueltos elimina precisamente lo que lo hace particular.
Bosnia es uno de los pocos lugares de Europa donde la historia permanece visible tanto en el paisaje como en la vida cotidiana. Los sótanos de Sarajevo, los puentes otomanos, los pueblos medievales y los bosques primigenios no son simples reliquias para el visitante, sino que forman parte de un sistema que ha recuperado su funcionamiento. Reconocer la totalidad de este sistema, en lugar de aislar sus elementos, constituye probablemente la única vía para comprender qué hace al país digno de ser visitado. Asimismo, es la única forma de recorrerlo sin contribuir a la degradación de aquello que se busca conocer. Por lo tanto, la cuestión relevante no es si Bosnia merece un mayor flujo turístico, sino qué tipo de turismo resulta apropiado para el beneficio de la comunidad y el patrimonio bosnio. La respuesta a esta pregunta determinará en gran medida qué aspectos del país permanecerán intactos en las próximas décadas.
Claudia Terreros escribió esta pieza como parte de su formación en la School of Travel Journalism. Si te inspiró, conocé el Máster en Periodismo de Viajes y el Máster en Periodismo Gastronómico, mirá los documentales de viaje de nuestros alumnos en YouTube y escuchá sus historias en nuestro podcast en Spotify.
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