Texto y fotos: Ana Albors Sancho

Sierra Nevada en verano

Al pensar en las cumbres de Sierra Nevada, inmediatamente una bella imagen de frío manto blanco aparece en el pensamiento. Sin embargo, este paisaje montañoso se transforma en verano, regalándonos una escena marciana con endemismos únicos de esta sierra.

El fuerte sol andaluz de agosto parece más amable entre los pueblos blancos de La Alpujarra. Rodeados por las elevadas cumbres de Sierra Nevada gozan de ese frescor alpino que tanto se agradece en esta época. Entre callejuelas adoquinadas y típicas casas alpujarreñas se asoma ella, la cumbre del Mulhacén, el techo de la península ibérica. Es inevitable no pensar en nieve y esquiadores al escuchar Sierra Nevada, pero este Parque Natural tiene mucho más que ofrecer durante la época estival. Un paisaje y una experiencia alpina totalmente diferentes a lo que se acostumbra a vivir en invierno.

Uno podría quedarse horas descubriendo la historia que esconde cada uno de los rincones del pueblo alpujarreño más alto del Parque Nacional de Sierra Nevada, Capileira. Dejarse trasladar por su blanca arquitectura berber a la época de la caída del reino nazarí, esa en la que los moriscos encontraron un buen cobijo entre estas montañas, o pasar horas contemplando el Conjunto Histórico del barranco de Poqueira desde el mejor mirador natural de toda la Alpujarra granadina. Pero el tiempo aprieta y cada minuto cuenta cuando uno tiene tan claro su objetivo: coronar la cima del Mulhacén.

Caminante, no hay camino, se hace camino al andar

Mirador de Trévelez. Ante nosotros una primera ardua etapa con un desnivel de más de 1000 metros y más de cuatro horas de recorrido hasta llegar al refugio de Poqueira. Imprescindibles compañeros de viaje: un buen calzado de montaña, bastones, crema protectora, gafas de sol, cortavientos, agua y un guía experto, el cual le da sentido a todo esto. Porque al verdadero amante de la montaña le surgirán cientos de preguntas sobre la fauna, la flora, el terreno, su historia, leyendas y anécdotas del montañista que solamente un guía experto podrá responder. Además, su acompañamiento se vuelve esencial a la hora de aventurarse por primera vez en una ascensión de estas características, porque por mucho que se diga que el Mulhacén es de fácil subida, no deja de ser un terreno de alta montaña en el que cualquier imprevisto puede asomar la pata en cuestión de segundos.

El ascenso inicia lleno de motivación y energía entre pinares que tanto se agradecen en pleno mes de agosto. Pero pronto, esas sombras empiezan a escasear y la vegetación ahora se queda en una fina alfombra, obsequiando al senderista con un paisaje de verdes y fértiles montañas y mansos manantiales naturales. La ascensión continua, el sol se vuelve cada vez más presente y los gramos de más en la mochila se tornan en kilos. Saco de dormir, cortavientos, braga, guantes y polar, agua, mucha agua, y los por si acaso, esos que ahora uno desearía haber dejado en casa.

La ruta invita a poner en práctica el popular mindfulness, sentir el esfuerzo que supone cada uno de los pasos andados, almacenar en la retina las bellas imágenes que te regala la alta montaña, sentir el calor del sol o el cada vez más fuerte viento en la piel y disfrutar del silencio y la sensación de libertad que todo senderista experimenta ineludiblemente. De repente, la voz del guía irrumpe en esa atención plena: ¡Mira, ahí está! Asomando entre las rocas y formando un diminuto prado de verdes y blancos, se encuentra la flor del amor, la Estrella de las Nieves, llamada así por su forma y sus verdes hojas cubiertas de pelaje blanco donde el agua del rocío amanece cada mañana. Una especie endémica que ha conseguido adaptarse a las condiciones extremas de la alta montaña, permaneciendo siempre jugosa y simbolizando al amor que perdura y nunca se seca.

No hay nada más reconfortante que una rica comida de cuchara tras una ducha de agua caliente. Los refugios de montaña desempeñan un gran papel en los cuidados del montañista, ese que llega agotado, hambriento, sediento y medio atabaleado por los efectos de la altura. Lo único que necesita es un cobijo hogareño que cubra sus necesidades básicas: ducha, comida y buen descanso. Una extraordinaria puesta de sol y la repentina bajada de temperaturas te indican el final de la jornada. Algunos nocturnos exprimen hasta el último minuto recreándose con un cielo más estrellado de lo normal al cobijo de una manta.

A un tiro de piedra

Un segundo día de ruta deleita con neveros, riachuelos, bueyes, cabras montesas y más endemismos. En este caso la Baetica ustulata, la chicharra de las altas cumbres oculta inteligentemente entre las pizarras de su mismo color. Una especie que habita a partir de los 2200 metros y que está amenazada por la actividad de las estaciones de esquí.

Por un momento esa sensación de pesadez y amplitud, unida al árido horizonte de tonalidades grises y rojizas, hace que uno se sienta como un astronauta en el planeta rojo.

Las distancias engañan en la montaña y lo que parecemos alcanzar está a varias horas de camino. El paisaje se torna cada vez más desnudo de vegetación y destaca por su dureza y aridez: macizos abruptos y escarpados de matices rojizos, huellas de la erosión glaciar, roca metamórfica, más roca, mucha roca y la nada. La altura dificulta la respiración y ralentiza los pasos, cada vez más pesados, el viento no da tregua y por un momento esa sensación de pesadez y amplitud, unida al árido horizonte de tonalidades grises y rojizas hace que uno se sienta como un astronauta en el planeta rojo.

Ahí está, a un tiro de piedra y a 3.482 metros de altura, la majestuosa cumbre del Mulhacén. La satisfacción de coronar el techo de la península y una panorámica de 360 grados son la recompensa a tal ardua ascensión. Además del bocadillo que uno se come contemplando semejante espectáculo y que, a estas alturas, sabe mil veces más rico a lo habitual.

Último tramo de ascensión hasta la cumbre

Una de las formas más comunes de turismo sostenible es el llamado ecoturismo: cualquier forma de vacaciones o recreación en entornos naturales que también implica el concepto de responsabilidad social. Un viaje intencionado a zonas naturales para comprender la cultura y la historia natural del entorno, teniendo cuidado de no alterar la integridad del ecosistema, al tiempo que se producen oportunidades económicas que hacen que la conservación de los recursos naturales sea beneficiosa para la población local.

Cuando las vistas panorámicas dan un giro de 180 grados

El silencio se rompe en los alrededores de la cumbre. El conquistar la cima que corona la península ibérica es un gran atractivo para los amantes de la montaña. Sin embargo, tras la pandemia, parece que el alpinismo, un deporte de alta montaña que implica sus riegos, se haya convertido en una actividad para todos los públicos, desencadenando en un incremento considerable de “nuevos senderistas”.

Las largas estancias encerrados entre cuatro paredes y el verle las orejas a la muerte han hecho que muchas personas valoren la importancia de pasar tiempo al aire libre y en contacto con la naturaleza, esa medicina que puede sanar gratuitamente muchos males. ¿Pero, a qué precio? Siempre existen las dos caras de la misma moneda, y lo que, por un lado, parece beneficiar al visitante, por otro, este turismo alpino de masas no solo daña el entorno natural por una falta de concienciación, sino que supone finales fatídicos para los iniciados inexpertos que subestiman los peligros de la alta montaña. Cada vez es más habitual encontrarse con masificaciones, restos de basura y plásticos tirados sobre el terreno, rescates a senderistas accidentados o casos con hipotermia por ir equipados como si de un paseo por la naturaleza se tratase. Y lamentablemente, finales todavía más desdichados que terminan en fallecimiento. Urge una concienciación del nuevo senderista.

Ahora sí, con la satisfacción de uno haber cumplido con su objetivo y con un largo y duro recorrido de descenso a las espaldas, Capileira y sus encantos esperan a ser descubiertos. No sin antes disfrutar de la merecida tapa-caña andaluza mientras uno comenta la experiencia vivida en el Marte terrestre a la vez que contempla la cumbre en su lejanía.

Ana Albors Sancho escribió esta pieza como parte de su formación en la School of Travel Journalism. Si te inspiró, conocé el Máster en Periodismo de Viajes y el Máster en Periodismo Gastronómico, mirá los documentales de viaje de nuestros alumnos en YouTube y escuchá sus historias en nuestro podcast en Spotify.

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Por alumni

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