Por Juan Diego Fernández
Serían las dos de la madrugada. La noche había tendido sobre mi ciudad un manto espeso de silencio y oscuridad. Algún café de más se negaba a concederme mi merecido descanso. Daba vueltas en la cama, enredado entre sábanas de franela —regalo de mamá por mi 31 cumpleaños—, mientras un grillo empeñado en compartir mi habitación interpretaba una melodía insistente desde algún rincón invisible del cuarto.
Tenía la costumbre de guardar cada día un periódico de tirada gratuita en mi mochila. Entre clase y clase lo abría al azar para matar el tiempo y dejarme seducir por alguna noticia aparentemente interesante. Aquella mañana apenas lo había podido hojear. Lo tomé de la mesilla y lo abrí por una página cualquiera mientras reprimía un bostezo. Después de leer un artículo sobre los desafíos educativos del siglo XXI, mi mirada descendió hasta un pequeño titular impreso en rojo: «Citas que te cambiarán la vida». La frase estaba firmada por Filippo Pananti:
“La vida es un libro del que, quien no ha visto más que su patria, no ha leído más que una página.”
Cerré lentamente los ojos. Inspiré profundamente y luego expulsé el aire con fuerza. Aquellas palabras se instalaron en mi mente como una semilla sin germinar. Durante semanas, e incluso meses, regresaron una y otra vez. Más tarde se convirtieron en una obsesión. Comprendí que llevaba años contemplando el mundo desde la misma ventana, desde el mismo banco de madera. Había estudiado, trabajado y soñado, pero sentía que mi propio libro estaba lleno de páginas en blanco. Había llegado el momento de escribir algo más que rutinas y monotonías. Y así fue como una noche de insomnio, un periódico cualquiera y una frase olvidada por la mayoría terminaron conduciéndome al continente de los contrastes.
Mumbai, la ciudad de los contrastes
En una mañana de cielo color madreperla, aterricé en la India. Desde la ventanilla del avión observé cómo la inmensa extensión urbana de Mumbai —su nombre oficial desde 1995— emergía entre la bruma. El calor me golpeó nada más cruzar las puertas del aeropuerto: una humedad espesa, casi líquida, que se adhería a la piel como una segunda camisa. Ya portaba mi mochila de 7 kg, la que me acompañaría durante estos meses. Mientras avanzaba por la ciudad recordé las aventuras de Phileas Fogg en La vuelta al mundo en ochenta días. Aquellas lecturas infantiles parecían cobrar vida ante mis ojos. Sin embargo, la India real era mucho más compleja que cualquier novela de aventuras.
Antes de abandonar Mumbai con dirección a Goa, decidí regalarme un día entero a aquella ciudad que parecía respirar a un ritmo frenético. Caminé por el paseo marítimo de Marine Drive mientras el mar Arábigo golpeaba con suavidad el malecón y una ligera bruma difuminaba el perfil de los edificios. A un lado se alzaban hoteles de lujo, escaparates de firmas de alta costura y elegantes edificios de la época colonial; al otro, hombres descalzos dormían sobre cartones, ajenos al vértigo de una ciudad que nunca parecía detenerse. Aquella convivencia de extremos no resultaba una excepción, sino la propia esencia de Mumbai.
Me acerqué hasta la Puerta de la India, donde en 1948 las últimas tropas británicas abandonaron el país atravesando ese arco tras la independencia. Allí, turistas, vendedores ambulantes y familias rodeadas de niños compartían el mismo espacio bajo la mirada silenciosa del antiguo arco de basalto. Observé las embarcaciones balancearse sobre el agua mientras una bandada de gaviotas rompía aquel cielo grisáceo; algunas colgaban un cartel que, por unas pocas rupias, te llevaba a la isla Elefanta para visitar sus cuevas, declaradas Patrimonio de la Humanidad. Durante mi paseo comprendí que aquella ciudad no pretendía agradarme: simplemente se mostraba tal como era, inmensa, caótica, contradictoria y profundamente viva.
Goa y el camino hacia la India profunda
Al día siguiente sonó la alarma de mi reloj bien temprano para embarcar en un vuelo doméstico con destino a Goa, cuna del Goa trance, esa música electrónica hipnótica que desde principios de los años 90 sonaba con fuerza a orillas del mar Arábigo. El paisaje cambió radicalmente: palmeras inclinadas sobre playas infinitas, arena rojiza, acantilados bañados por el mar y una luz dorada que parecía suspendida en el aire. El olor salino llegaba desde la costa mezclado con el perfume dulce de los cocoteros. Las olas rompían con suavidad mientras grupos de pescadores recogían sus redes al amanecer.
Muchos viajeros extranjeros parecían vivir ajenos al país que los rodeaba. Permanecían durante horas tomando el sol o refugiados en cafeterías frente al mar con bebidas bien cargadas de hielo. Yo, en cambio, sentía una necesidad creciente de adentrarme en la India más profunda. La real, la que a veces duele. Esa oportunidad llegó en Nueva Delhi. La capital me recibió con una intensidad difícil de describir. Mi campo de visión se veía desbordado por un océano humano: motocicletas, bicicletas, rickshaws, vacas sagradas, vendedores ambulantes y peatones compartían un espacio donde el caos parecía haberse convertido en una forma de orden.
Delhi y Rajesh, el vendedor de chai
Los sonidos eran constantes. Bocinas estridentes, motores rugiendo, conversaciones en hindi, llamadas a la oración y ladridos de perros callejeros componían una banda sonora imposible. Los olores formaban otro universo: curry, cardamomo, humo de carbón, incienso, frutas maduras y polvo caliente se mezclaban en el aire. Recuerdo especialmente el tacto de aquella ciudad: el sudor resbalando por la espalda, la rugosidad de los muros centenarios del Fuerte Rojo, el asiento gastado de los rickshaws y el polvo fino que se adhería a mis recién estrenadas sandalias después de cada caminata. Pero fue una persona quien terminó cambiando mi manera de mirar aquel país.
Se llamaba Rajesh y nos conocimos cerca de Chandni Chowk, uno de los mercados más antiguos de Delhi. Tendría unos sesenta y tantos años, setenta como mucho. Era delgado, de aspecto débil, y su cuerpo parecía desgastado por un pasado duro. Tenía la frente despejada y coronada de mechones grises, y un bigote descuidado y cano que le daba un aire algo desaliñado. Lucía una piel oscura curtida por el sol y unos ojos negros extraordinariamente vivos, que pude ver a través de unas gafas torcidas y remendadas con un trozo de celo en la pata izquierda. Sus manos mostraban las huellas de años de trabajo, pero su sonrisa transmitía una serenidad contagiosa. Rajesh vendía té en un pequeño puesto de madera: cuatro tablas asentadas sobre dos ladrillos de barro eran suficientes para dejar reposar la bebida típica del país y dar los buenos días a quienes cruzaban por allí cada mañana.
Cuando me vio observando cómo preparaba una mezcla de especias, me invitó a acercarme. —Friend, chai? Very good chai. Acepté sin pensarlo dos veces. Mientras removía la bebida en un recipiente metálico, me enseñó algunas palabras en hindi. Una de ellas fue «namasté», que significa algo parecido a «me inclino ante ti»: más que una fórmula de cortesía, encerraba una filosofía de respeto hacia los demás. Le pregunté si siempre había vivido en la capital.
—Delhi cambia cada año. Yo también cambio cada año. Esa es la vida, amigo.
Después me sirvió un vaso de chai humeante. El sabor era extraordinario: la leche caliente se mezclaba con el dulzor del azúcar mientras el jengibre y el cardamomo dejaban un regusto especiado que permanecía largo tiempo en la boca. —¿Y qué buscas en la India? —preguntó. La pregunta me sorprendió. —No lo sé exactamente. Quizá entender algo. Escribir. Me quiero dejar llevar. Rajesh soltó una carcajada suave. —Entonces has venido al lugar correcto. Aquí nadie entiende nada, pero todos siguen buscando respuesta a sus preguntas.
Durante los días que permanecí en Delhi regresé varias veces a su puesto. Nunca lo planeaba, pero siempre terminaba apareciendo en esa esquina destartalada y repleta de marañas de cables. A veces hablábamos unos minutos; otras permanecíamos en silencio observando el ir y venir de la multitud, con sus saris estampados de vivos colores. Una mañana encontré el puesto vacío y sentí una extraña decepción. Horas más tarde volvió a aparecer empujando una bicicleta cargada con sacos de especias y una jarra de cobre. —Pensaba que te habías marchado —le dije. —Todo el mundo termina marchándose. —¿Y tú? —Yo también algún día. Sin embargo, continuó con absoluta seriedad: —El problema de los viajeros es que creen que los lugares son permanentes. Pero nada permanece. Ni las ciudades. Ni las personas. Ni nosotros mismos.
Después señaló la taza de chai que sostenía entre mis manos. —¿Ves este té, amigo? Hace una hora era agua. Después añadimos hojas, leche, azúcar y especias. Ahora es otra cosa. Las personas somos iguales: cada encuentro nos transforma un poco. Aquella frase me acompañaría durante todo el viaje.
El Triángulo de Oro: Agra y Jaipur
Con la mente llena de palabras de Rajesh inicié la ruta conocida como el Triángulo de Oro, cuyos vértices se completan con Agra y Jaipur. El trayecto en tren hacia Agra lo recuerdo como una experiencia inolvidable. Los vagones mostraban el desgaste de miles de kilómetros, centenares de historias viajadas. Compartí asiento con una familia que viajaba con dos gallinas encerradas en una jaula de bambú; los niños me observaban con curiosidad mientras la madre repartía comida envuelta en hojas. De pronto, una voz atravesó el vagón: —¡Chai! ¡Chai! ¡Chaiii! Un muchacho recorría los pasillos con una enorme tetera. Compré un vaso por una rupia y, mientras bebía, observé cómo el paisaje se deslizaba lentamente bajo el sol abrasador de la tarde.
Horas después apareció ante mí una de las siete maravillas del mundo. Había visto cientos de fotografías, pero ninguna lograba transmitir la sensación de estar allí. El mármol blanco parecía absorber la luz y devolverla transformada; cada detalle reflejaba una perfección casi irreal. Comprendí por qué tantas personas consideran el Taj Mahal una de las mayores expresiones de amor jamás construidas. Permanecí largo rato en silencio. No observaba únicamente un edificio: observaba el deseo humano de desafiar al tiempo.
Mi siguiente destino fue Jaipur, la legendaria Ciudad Rosa. Cada mañana salía temprano a recorrerla antes de que el sol alcanzara toda su fuerza. Los comerciantes levantaban las persianas metálicas mientras barrían el polvo de la noche; el aroma del pan recién horneado se mezclaba con el incienso de pequeños altares domésticos. Las vacas sagradas avanzaban con una calma casi solemne entre motocicletas y bicicletas. Las fachadas históricas, teñidas de tonalidades terracota, adquirían matices distintos según la luz: suaves y delicadas al amanecer; muros encendidos bajo la luz anaranjada del atardecer. Desde las ventanas del Hawa Mahal, el Palacio de los Vientos, comprendí que el aparente caos escondía una lógica propia, un orden invisible que solo podía apreciarse cuando uno dejaba de intentar entenderlo todo.
Pasé horas perdiéndome por los bazares, donde todo estaba colocado en un desorden metódico. Mis sentidos eran constantemente puestos a prueba: montañas de especias rojas, amarillas y anaranjadas; telas bordadas con diminutos espejos; brazaletes de plata; piedras preciosas que reflejaban destellos de luz. Una tarde me refugié en una pequeña tienda de tejidos para escapar del calor. Su propietario, un anciano de barba completamente blanca, trabajaba sentado sobre una alfombra con movimientos pausados y precisos. —India teaches patience —me dijo en un inglés lento. Después señaló una pieza de seda azul—. Mira esta tela: si tiras demasiado fuerte, se rompe; si eres demasiado suave, no avanza. La vida es igual.
Poco a poco empecé a abandonar la necesidad de planificar cada jornada. Dejé de preocuparme por cumplir horarios estrictos o por visitar todos los lugares de las guías. Comencé simplemente a caminar y a respirar en cada rincón donde el corazón me guiaba, y así un calor sofocante me llevó hasta un minúsculo templo con la pintura de un dios con cabeza de elefante en la fachada. Un joven de sonrisa blanca me explicó, en un inglés rudimentario, que era Ganesha, el más popular de los dioses hindúes, adorado por remover los obstáculos y traer fortuna. También me contó, mientras yo dejaba un ramillete de flores de jacarandá sobre un plato con agua, que cada miércoles los templos dedicados a esta figura se llenaban de devotos, y que hasta los más jóvenes se rendían a sus pies para pedir suerte en época de exámenes.
Una noche asistí a una celebración improvisada en un barrio alejado del centro. No entendía el motivo exacto de la fiesta ni la mayoría de las conversaciones y, sin embargo, varias familias me invitaron a compartir su comida. Me llamó la atención la habilidad con la que usaban las manos a modo de cubiertos. Recuerdo el sabor intenso de los curris, el picante que me hizo lagrimear, el dulzor inesperado de algunos postres. Y recuerdo también las risas: aunque apenas compartíamos un puñado de palabras, existía una comunicación que no necesitaba traducción. Aquella noche comprendí que viajar consistía menos en observar y más en participar.
Varanasi: el corazón a orillas del Ganges
Días después dejé Rajastán para dirigirme hacia el lugar que, sin saberlo, terminaría convirtiéndose en el corazón de mi experiencia: el río Ganges. Llegué a Varanasi al amanecer. La ciudad despertaba lentamente mientras una tenue niebla flotaba sobre el agua y los primeros rayos de sol teñían el horizonte de tonos dorados. Las escalinatas de piedra, conocidas como ghats, descendían hasta el río formando una sucesión interminable de terrazas desde las que saltaban primates temerarios, dispuestos a hacerse con cualquiera de tus pertenencias. Miles de personas ya estaban allí: algunos rezaban, otros meditaban, muchos se bañaban en las aguas convencidos de su profundo significado espiritual.
Me senté en silencio sobre uno de los escalones. El agua reflejaba el cielo como un espejo imperfecto; barcas de madera avanzaban impulsadas por remeros silenciosos y el humo de los inciensos se elevaba en espirales. Por primera vez desde mi llegada a la India no sentí la necesidad de hacer fotografías. A mi lado se sentó un hombre de avanzada edad vestido con una sencilla túnica blanca, el rostro surcado por arrugas profundas y una serenidad difícil de explicar en la mirada. Permanecimos varios minutos contemplando el río sin hablar. Finalmente me preguntó de dónde venía y, cuando respondí, sonrió. —Todos venimos de algún lugar, pero al final todos buscamos lo mismo. —¿Y qué es lo que buscamos? El anciano señaló el agua. —Eso debes descubrirlo tú.

Cada mañana regresaba al mismo lugar para contemplar el amanecer. Empecé a observar detalles que al principio me habían pasado desapercibidos: la forma en que la luz cambiaba sobre el río, la paciencia de los barqueros, las oraciones susurradas, la naturalidad con la que la vida y la muerte coexistían en las orillas. En algunos ghats ardían, día y noche, ceremonias de cremación; lejos de resultar morbosa, aquella presencia constante de la muerte parecía formar parte de una comprensión más amplia de la existencia. Durante años yo había vivido intentando controlar el futuro, planificando cada paso. El Ganges, en cambio, nunca se detenía: aceptaba cuanto llegaba a él y continuaba su camino. Comprendí entonces que gran parte de mi ansiedad nacía de mi resistencia al cambio.
Una tarde contraté una pequeña embarcación. El barquero era un joven llamado Arun. Mientras remaba, las aguas reflejaban los colores del crepúsculo: el cielo pasó del azul al naranja, después al rojo y finalmente a un violeta profundo. —¿Te gusta India? —Mucho más de lo que imaginaba. —La India es difícil —dijo—. Pero cuando entra en tu corazón, ya no se marcha. El país no te cambia; cambias tú. Miré las orillas iluminadas por cientos de lámparas y, por primera vez, entendí exactamente lo que quería decir.
El país que me habita
Aquella noche asistí a la ceremonia del Ganga Aarti. Miles de personas se congregaron junto al río mientras los sacerdotes elevaban grandes lámparas de fuego y recitaban plegarias. La oscuridad fue vencida por cientos de pequeñas llamas: muchos depositaban velas flotantes sobre el agua, y cada luz parecía representar un deseo, una esperanza o un recuerdo. Yo también dejé una. Mientras contemplaba cómo la corriente la alejaba lentamente, pensé en aquella noche de insomnio que había iniciado el viaje y comprendí que el verdadero viaje no había sido geográfico: había empezado en el momento en que decidí abandonar la comodidad de las certezas para aceptar la posibilidad de transformarme.
A veces cierro los ojos y regreso a las orillas del Ganges. Vuelvo a escuchar el murmullo del agua deslizándose entre siglos de historia, el repicar de las campanas al atardecer, las plegarias que se elevaban con el humo del incienso hacia un cielo teñido de cobre y violeta. Todos somos un poco como ese río: nacemos en un lugar concreto, atravesamos paisajes inesperados, acumulamos encuentros y despedidas; a veces avanzamos con fuerza y otras nos detenemos en remansos de incertidumbre, pero, igual que el Ganges, nunca dejamos de fluir. Porque hay lugares que se visitan una vez, y otros —como la India— que terminan habitándonos para siempre.
Juan Diego Fernández escribió esta pieza como parte de su formación en la School of Travel Journalism. Si te inspiró, conocé el Máster en Periodismo de Viajes y el Máster en Periodismo Gastronómico, mirá los documentales de viaje de nuestros alumnos en YouTube y escuchá sus historias en nuestro podcast en Spotify.
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