Por Monika Benduska
Durante mi viaje por el Caribe costarricense decidí visitar a una familia bribri en Talamanca. No quería una excursión grupal ni una visita preparada para turistas. Tampoco me interesaba llegar, hacer fotos, probar algo “típico” y volver con la sensación de haber entendido una cultura en hora y media. Por eso elegí una visita privada, más pequeña, más íntima. Y tenía también otra razón: me importaba que el dinero se quedara en la propia familia.
Aun así, salí de allí con una duda bastante incómoda. Hasta entonces pensaba en el turismo sostenible de la forma más obvia: contaminación, consumo local, protección del entorno. Todo eso importa, claro. Pero al entrar en el territorio de una comunidad indígena la cuestión cambia un poco. Ya no es solo cuestión de contaminar; también tiene que ver con invadir.
Entrar en un territorio, no en una atracción
En Costa Rica, los pueblos indígenas representan el 2,4 % de la población, y los bribri viven, entre otros lugares, en el territorio de Talamanca Bribri. Ese dato, aunque parezca secundario, cambia bastante la perspectiva. No estaba entrando en una atracción turística ni en una escenografía exótica: estaba entrando en una comunidad real, con su lengua, su vida cotidiana y su propia relación con el territorio. Cuando una viajera entra en un espacio así, entra también —aunque sea por un rato— en la vida de otras personas.

El humo, el cacao y una cultura que no está congelada
Nada más bajar del coche, lo primero que noté fue el olor: un olor intenso a humo, metido en todas partes, casi físico. Después vino el recorrido entre plantas medicinales, la explicación sobre el cacao y una degustación que no se parecía en nada al cacao al que estoy acostumbrada en Europa. Tenía otra textura, otro sabor: más natural, menos químico. También recuerdo la cúrcuma y una planta en forma de pequeña calabaza que utilizan para hacer cuencos y platos, que luego pintan y venden en su tienda local. Son detalles pequeños, pero me ayudaron a entender algo bastante simple: allí la comida, las plantas, la artesanía y el territorio no aparecían como cosas separadas.
Otra cosa que me llamó la atención fue que no encontré una comunidad “congelada” en el pasado, como a veces se imagina desde fuera. Había caminos de grava en muy buen estado, relación con la escuela pública, con la atención sanitaria y con cierta infraestructura del Estado. Y, al mismo tiempo, seguían manteniendo su idioma, sus conocimientos y una relación muy fuerte con la naturaleza. También me explicaron que en la comunidad siguen existiendo chamanes activos y que algunos niños se forman desde pequeños dentro de esa tradición. En Talamanca vi una comunidad que vive en el presente sin dejar que ese presente borre su manera de entender el bosque, las plantas, el cacao o la transmisión de la tradición.
Doña Viki y el conflicto por la madera
En el centro de esa visita estaba Doña Viki. Era, sin ninguna duda, la figura de autoridad dentro de la familia que visité: tenía una presencia muy fuerte y todo pasaba por ella. También me ayudó a entender mejor el peso de las mujeres dentro de la estructura social bribri. Recuerdo especialmente un momento en el que habló, con bastante enfado, de la obligación de pagar por la madera, incluso cuando esa madera crece en las tierras bribri. Se notaba que aquello le molestaba de verdad. Y me interesó precisamente por eso: porque rompía con la imagen fácil de la comunidad indígena como un espacio silencioso, armónico y ajeno a cualquier conflicto del presente.
Observar o invadir: la incomodidad del visitante
Pero lo que más me hizo pensar no fue el cacao, ni las plantas medicinales, ni siquiera la conversación sobre la madera. Fue mi propia posición como visitante. Durante toda la visita tuve una incomodidad bastante concreta: no sabía hasta qué punto estaba observando y a partir de qué momento empezaba a invadir. Hice fotos, pero pedí permiso antes. Pregunté si podía fotografiar durante el recorrido y también pregunté a Doña Viki si podía hacerle unos retratos. Solo saqué la cámara cuando me dijeron que sí.
Puede parecer una tontería, pero para mí no lo era. Ahí me di cuenta de algo bastante incómodo: el turismo te acostumbra a pensar que, si pagas, también puedes mirar, fotografiar y contar. Como si pagar una visita incluyera automáticamente el derecho a llevarte algo de ese lugar: una historia, una imagen o ambas cosas.
El “no” que lo cambió todo
En mi caso, el momento más importante de la visita llegó cuando propuse a Doña Viki volver en otoño para hacer un reportaje más amplio. Ella no quiso. Prefirió proteger la privacidad de su comunidad. Y, visto con distancia, creo que esa negativa fue más reveladora que cualquier discurso sobre sostenibilidad. En un momento en el que casi todo termina convertido en contenido, ese “no” me pareció una forma de defender el territorio y la intimidad de la comunidad.
Por eso no creo que el turismo sostenible deba medirse solo por las buenas intenciones del viajero. No basta con evitar un tour masivo o con querer una experiencia “más auténtica”. A veces ese mismo deseo de autenticidad también puede ser problemático, porque sigue colocando al viajero en el centro. Yo misma quise evitar una experiencia artificial y, aun así, sigo preguntándome si no estaba buscando, en el fondo, una experiencia más íntima o más “verdadera” que la de otros turistas.
Aquí me sirve la reflexión de Agnes Callard en The Case Against Travel. Lo que me interesa de ese texto es la sospecha que pone sobre el viaje como mérito moral. A veces viajamos para aprender, pero otras también viajamos para confirmar cierta imagen de nosotros mismos: la del viajero sensible, curioso y distinto del turista convencional. En mi caso, esa idea me ayudó a mirar mi propia visita con menos autosatisfacción y con bastante más incomodidad.
La sostenibilidad como aceptar un límite
Mi visita a la comunidad bribri no me dejó una respuesta cerrada, ni un ejemplo perfecto de turismo sostenible. Me dejó otra cosa: la idea de que la sostenibilidad también tiene que ver con aceptar un límite. Con entender que no todo está disponible para el visitante. Que una comunidad puede enseñar sus plantas medicinales, compartir su cacao o hablar de su lengua y, al mismo tiempo, decidir que hay partes de su vida que no quiere convertir en reportaje, en imagen o en producto turístico. No salí con una gran conclusión, sino con una incomodidad muy concreta: no todo está ahí para mí. Una comunidad puede enseñarme una parte de su mundo y, a la vez, decidir que otra parte se queda dentro.
Monika Benduska escribió esta pieza como parte de su formación en la School of Travel Journalism. Si te inspiró, conocé el Máster en Periodismo de Viajes y el Máster en Periodismo Gastronómico, mirá los documentales de viaje de nuestros alumnos en YouTube y escuchá sus historias en nuestro podcast en Spotify.
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