Por Rafael Perez Segnini

La llegada: el aire que huele a maíz y a memoria

El aire de Tzintzuntzan tiene una densidad distinta cuando se acerca el Día de Muertos. No es solo el humo del copal o el resplandor naranja que inunda los caminos; es algo que se respira más profundo, una mezcla de nostalgia, fe y maíz recién molido. Vuelvo a este lugar después de años, y siento que regreso a una parte de mí que se quedó aquí, entre las tumbas iluminadas y los cantos que parecen cruzar el lago.

Esta vez no vengo solo: acompaño a mi esposo irlandés, curioso y conmovido por una celebración que, le he dicho, no es sobre la muerte, sino sobre el reencuentro. En Michoacán aprendí que el Día de Muertos no es una representación folclórica: es un acto de amor. Cada flor, cada plato ofrecido, cada vela encendida es un diálogo silencioso con quienes ya no están, pero aún viven en la memoria y en la mesa.

El atole verde de grano. El alma líquida del maíz

Entre los aromas del mercado de Tzintzuntzan el pan de muerto, los tamales de frijol, las calabazas en tacha, hay uno que siempre me detiene: el del atole verde de grano. Lo probé aquí por primera vez, en una noche de ánimas, y su sabor se quedó conmigo como una promesa. No es un atole dulce ni espeso como los de otras regiones.

Es salado, casi vegetal, hecho con maíz tierno, epazote y chiles verdes. Su color es el del campo después de la lluvia, y su textura recuerda que el maíz no solo alimenta: también cuenta historias. Una mujer purépecha, de manos curtidas y mirada serena, me explicó una vez: “Este atole se hace con el maíz nuevo, el que todavía tiene vida. Por eso se ofrece a los difuntos, porque el grano joven guarda el espíritu de la tierra”.

La preparación: el fuego como corazón del ritual

En el mercado, las ollas hierven desde temprano. El vapor se eleva como si quisiera alcanzar las almas que, según la creencia, ya comienzan a regresar. Las mujeres revuelven con paciencia, el sonido del cucharón en la olla se mezcla con las risas de los niños y el murmullo de las oraciones.

El maíz, hervido en cal, se desgrana y se licúa con chiles, epazote y a veces un toque de masa. Luego se cuela, se cocina lentamente hasta espesar, y se sirve caliente en tazas de peltre o jicaras. Mi esposo prueba su primer sorbo y sonríe. “It tastes like the earth itself,” me dice en voz baja. Tiene razón. El sabor es terroso, profundo, con un dejo a campo y a hogar.

Entre tumbas y flores. La noche de los vivos y los muertos

Cuando cae la noche, el panteón de Tzintzuntzan se convierte en un océano de luz. Las familias se reúnen alrededor de las tumbas, decoradas con flores de cempasúchil, pan, velas y fotografías. No hay llanto, sino conversación, música suave y ese olor inconfundible a flor y copal.

Camino entre los altares y me detengo frente a una tumba donde una familia comparte atole y tamales. Me ofrecen un vaso, y acepto. Siento que, al beberlo, participo de un gesto antiguo: compartir el alimento con quienes ya partieron, pero siguen perteneciendo a la comunidad. En ese instante, recuerdo mi infancia en los Andes venezolanos, donde también crecía la flor de cempasúchil sin que yo supiera su nombre. No era una coincidencia: la flor que allá adornaba los campos aquí guía a las almas. La memoria de mis dos tierras se encuentra en el mismo aroma.

La ética del recuerdo

El atole de grano, pienso, no es solo una bebida, es un símbolo de continuidad. En su sencillez encierra una filosofía del ciclo vital: la tierra da el maíz, el fuego lo transforma, y el humo asciende como ofrenda. No se trata de retratar una tradición pintoresca, sino de honrar una cosmovisión que celebra la vida a través de la muerte.

La cultura purépecha no teme al fin, lo abraza. Y el atole, compartido entre vivos y difuntos, es testimonio de esa comunión. Cuando las velas comienzan a apagarse y el amanecer pinta de azul el cielo, el último humo del atole se disuelve entre las cruces. En silencio, entiendo que cada sorbo es una forma de recordar, y cada recuerdo, una manera de seguir vivos.

Cronista y observador cultural venezolano. Su trabajo explora la memoria colectiva a través de la gastronomía y las celebraciones tradicionales.

Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.

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