Por Louise T. Davies

Crónica de una conferencia: «Descubrir Kosovo. El papel del guía turístico en un destino emergente: crear una asociación de guías en un destino posconflicto».

Por Enes Toska, guía turístico nacional con licencia y formador certificado por la Federación Europea de Asociaciones de Guías Turísticos; cofundador de GUIDEKS, la Asociación de Guías Turísticos de Kosovo.

Para un país que lleva 25 años intentando dejar atrás la guerra, Kosovo se enfrenta a un problema curioso: el conflicto puede ser historia dentro de sus fronteras, pero fuera sigue siendo el titular que la mayoría recuerda.

Enes Toska, cofundador de la Asociación de Guías Turísticos de Kosovo (GUIDEKS), se topó de lleno con esa brecha en una sesión reciente con estudiantes de periodismo de viajes. Cuando preguntó qué les venía a la cabeza al oír «Kosovo», la respuesta fue unánime: «guerra». Algunos ni siquiera tenían claro dónde estaba el país. Para quien nunca lo ha visitado, la guerra y el conflicto siguen ocupando el lugar que debería corresponder a la imagen moderna del destino: el festival Remusica, el esquí en los montes Sharr o los vinos del valle de Rahovec.

Para Toska, esa desconexión es en parte consecuencia de lo difícil que fue el comienzo. La guerra terminó en 1999 —«la guerra es un recuerdo muy lejano», dijo a los estudiantes—, pero después el país tuvo que «empezar de nuevo… de cero, desde la nada», levantando instituciones mientras el turismo seguía siendo una prioridad política y económica menor.

No defiende que Kosovo deba borrar su pasado. Tampoco propone convertirlo en un destino centrado sobre todo en el «turismo oscuro», el de los memoriales y escenarios de guerra. Lo que describe es una estrategia turística basada en dar a los visitantes más razones para quedarse y, sobre todo, más cosas que recordar.

Los ingredientes ya están ahí. Toska enumera las montañas de Kosovo, el senderismo, el esquí y el turismo de aventura; la arquitectura otomana y yugoslava; los valles vinícolas; las casas rurales fortificadas; las ciudades históricas; los festivales y la hospitalidad cotidiana de un Estado europeo joven. También señala que hace falta inversión para superar obstáculos muy prácticos: algunos enclaves arqueológicos y naturales atractivos siguen siendo de difícil acceso; la señalización y la interpretación pueden ser deficientes; incluso la información en internet es a veces errónea; la formación profesional está incompleta y la coordinación entre empresas e instituciones es débil.

En Peja, explica, la inversión en actividades de turismo de aventura junto a los recursos naturales e históricos ayudó a convertir la ciudad en un reclamo turístico mucho más sólido. Un lugar que antes se pasaba de largo es hoy uno de los destinos más fuertes del país. Esta experiencia más profunda permite escapar de la maldición de la gira balcánica exprés. Según Toska, antes los visitantes llegaban solo por unas horas antes de seguir hacia Albania. Hoy la estancia media ronda los tres días, y los grupos de turismo de montaña que recorren Albania, Montenegro y Kosovo pueden quedarse una semana o incluso dos.

Eso apunta a otro tipo de propuesta turística: no un turismo de masas, sino un destino en el que la cultura, el paisaje, la gastronomía y el vino, los festivales y las experiencias al aire libre se refuerzan entre sí.

Toska es tajante: el turismo de masas no es el objetivo ahora mismo. Kosovo es pequeño, argumenta, y no tiene la capacidad —ni a veces el deseo— de saturar con multitudes unos lugares patrimoniales delicados. Algunos son demasiado frágiles para que esa sea una ambición sostenible. Prefiere atraer grupos más pequeños que se queden más tiempo y que sientan un interés real por el país.

El problema es que construir el producto turístico es solo el principio. Kosovo también necesita transmitir este mensaje con más claridad y alcance. Quedó claro que el público, representativo de muchos europeos, necesitaba actualizar con mejor información su imagen persistente de Kosovo. La OCDE (2024) concluyó que el país ha avanzado en gobernanza turística y en capacitación, pero mucho menos en marketing y en la promoción de su patrimonio natural y cultural. También señala que el borrador de estrategia de marca turística de Kosovo nunca llegó a publicarse y que sigue sin existir un organismo formal de coordinación del marketing. Eso ayuda a explicar por qué la vieja imagen ha resultado tan duradera. Un país no puede limitarse a anunciar que ha cambiado: los visitantes necesitan encontrarse con una alternativa convincente.

El puente de piedra y la mezquita de Sinan Pasha en Prizren, Kosovo

Para Toska, contar la historia de forma responsable es, por tanto, esencial. La guerra sigue formando parte del paisaje y de la memoria de Kosovo, y fingir lo contrario no sería ni creíble ni responsable. Pero ya no debería ser toda la historia. Los visitantes seguirán preguntando por el conflicto, y algunos querrán ver los lugares vinculados a él. Pero contarlo con responsabilidad significa poner esa historia en contexto en lugar de permitir que se convierta en el destino en sí.

Los guías no deben explotar a las víctimas ni convertir una historia dolorosa en un producto turístico. Deben verificar la información, aportar contexto, reconocer perspectivas diferentes o enfrentadas e incluir voces locales. El guía actúa como mediador entre los visitantes, los hechos históricos y las comunidades, y utiliza el turismo para fomentar la comprensión y la memoria, no el sensacionalismo.

La presentación analizó cómo Kosovo puede desarrollar su turismo con éxito con la ayuda de GUIDEKS: profesionalizando a sus guías, dando a conocer la diversidad de sus atractivos y contando su delicada historia con rigor, equidad y responsabilidad. Toska explicó por qué es tan importante la formación y la acreditación a través de la FEG, para que los guías estén preparados para gestionar temas sensibles: «No tenemos derecho a cambiar los relatos, pero al menos debemos reflejar las distintas versiones de la historia».

La tarea de personas como Toska y de GUIDEKS es lograr que la experiencia del Kosovo actual —su gente, sus paisajes, su cultura y su vida cotidiana— sea lo bastante potente como para convertirse en el recuerdo que los visitantes se lleven a casa y que luego les lleve a animar a otros a descubrirlo por sí mismos.

La verdadera prueba, entonces, no es si Kosovo consigue que los visitantes olviden la guerra. Es si, después de haber oído hablar de ella, se marchan recordando otra cosa.

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