Por José Augusto Ponce Zavala

Aquí en Cabo Blanco, sentado en una mesa del Black Marlin mientras esperaba mi arroz chaufa con mariscos —un plato que varios visitantes me habían recomendado como una deliciosa fusión entre lo asiático y lo regional— conversaba imaginariamente con mi gran amigo Ernest Hemingway. Le pregunté qué lo había traído, en el siglo pasado, a este lugar. Con la mirada despreocupada, perdida en aquel altar lleno de botellas que los lugareños, entre bromas, comentaban,  pero “siempre se servía poquito”, me respondió: “El mar, siempre el mar”.

Desde la terraza del segundo piso levanté la vista hacia el horizonte. La brisa parecía aparecer mágicamente, golpeando cada esquina del local, mientras los veleros de los pescadores regresaban lentamente al muelle deslizándose en silencio sobre ese espejo marino. A veces acompañados por delfines que saltaban con gracia, y por las ballenas jorobadas que, en temporada, danzan con un lenguaje propio que se fusiona con el suave viento del mediodía.

Días atrás pensé que este artículo jamás llegaría a redactarlo: la falta de señal de internet, los cortes de luz, los horarios de transporte irregulares y, sobre todo, la dificultad para coincidir con las personas que debía entrevistar, parecían conspirar en contra. Aun así, había comenzado mi recorrido conversando con los lugareños, observando su día a día e intercambiando historias. Aquí, donde la gente puede ser reservada con los visitantes poco sonrientes, yo debía llevar siempre un relato bajo la manga para arrancarles, al menos, una sonrisa.

Primero intenté ubicarme geográficamente. La histórica caleta de pescadores de Cabo Blanco está situada en el distrito de El Alto, provincia de Talara, departamento de Piura. Es un pueblo ancestral y tradicional cuya identidad gastronómica se ha construido a partir de una relación íntima con el mar. En este enclave, donde confluyen las aguas cálidas de la Corriente del Niño que llega desde el norte y las frías aguas de la Corriente de Humboldt que ascienden desde el sur, la biodiversidad marina no solo define la economía y la vida cotidiana, sino también los sabores que dan forma a su cocina.

Aquí, la pesca artesanal es el corazón de esa identidad. Las faenas con cordel, anzuelo y embarcaciones ligeras han transmitido, generación tras generación, técnicas de selección y tratamiento del pescado que siguen vigentes. De allí nace una gastronomía basada en la frescura extrema: el ceviche de cabrilla o de mero recién capturado, los tiraditos de atún o pez espada, el chinguirito, los sudados preparados con leña y el tradicional chilcano que acompaña las madrugadas de los pescadores.

Pero la cocina de Cabo Blanco no son solo recetas; es también memoria cultural. Es el relato de las mujeres que sostienen las cocinas familiares, de los pescadores que conocen los ritmos del mar, y de una comunidad que comparte el alimento como parte esencial de su identidad colectiva. Cada plato conserva la esencia de un lugar que ha aprendido a vivir entre oleajes intensos, cambios climáticos y temporadas alternadas de abundancia y escasez.

En los últimos años, Cabo Blanco experimenta un creciente interés turístico. Sin embargo, lejos de diluir su esencia, la comunidad apuesta por preservar sus saberes y prácticas sostenibles: el respeto a las vedas, la promoción de especies locales, el uso de técnicas tradicionales y la apuesta por experiencias vivenciales que acerquen al visitante a la cultura pesquera. Así, buscan que la gastronomía no sea un espectáculo para turistas, sino un puente para comprender la historia y el presente del lugar.

Realizar esta entrevista en Cabo Blanco se convirtió en un ejercicio más complejo de lo previsto. Durante una semana intenté contactar a los responsables de turismo, pero las dificultades de transporte, la desconexión entre oficinas y la agenda cambiante de los actores locales hicieron que todo avanzara con lentitud. Aunque llevaba un guion preparado, el trabajo en territorio me recordó que el periodismo de campo rara vez sigue el plan trazado.

El principal obstáculo fue la ausencia de canales formales de comunicación. Muchas coordinaciones requerían presencia física y, aun así, no siempre coincidían con los momentos en que los funcionarios o representantes estaban disponibles. Esto me obligó a replantear mi estrategia: caminar la caleta, acercarme directamente a pescadores y dueños de restaurantes familiares, escuchar antes de preguntar y adaptarme al ritmo local.

El aprendizaje más valioso fue comprender que la gastronomía no se investiga solo desde la técnica o los productos, sino desde la vida cotidiana de quienes habitan el lugar. Las dificultades logísticas me obligaron a detenerme, observar y abrirme a narrativas que no aparecen en documentos oficiales. Aprendí que la paciencia, la empatía y la capacidad de improvisar son tan importantes como el guion de entrevista. Y confirmé que la identidad gastronómica de un destino —en este caso, Cabo Blanco— no se revela únicamente en los platos, sino en las relaciones, los silencios, los tiempos del mar y en la forma en que una comunidad decide contar su historia.

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