Por Evi Giourouki
De adolescente siempre soñaba con los lugares que visitaría. Abría guías de viaje e imaginaba lo increíble que sería vivir en persona toda aquella información: perderme por museos, probar la comida local, mantener conversaciones bohemias con artistas en Praga. Era adolescente y no me dejaban viajar sola, así que las guías eran el único billete que necesitaba. Podía abrir una cuando quisiera y viajar a cualquier rincón del mundo. Xavier de Maistre escribió un libro entero sobre un viaje alrededor de su habitación; yo soñaba, dentro de la mía, con recorrer el mundo. El sueño era siempre el mismo: viajar.
Una beca Erasmus para el King’s College de Londres
Siempre había soñado con hacer un intercambio en una universidad de otro país. Sabía que quería ser profesora de inglés y estudiar lengua y literatura inglesas, porque me permitiría comunicarme con gente de todo el mundo. Así que solicité una beca Erasmus para irme a Londres. Todavía recuerdo el día en que salieron los resultados: no me lo podía creer. Para ser sincera, había sido un poco pilla: entré en la segunda ronda de solicitudes, después de que una amiga me contara que había una plaza libre que casi nadie conocía. Lo solicité sin hacer ruido y me la dieron. Lo que vino después fue una cantidad inmensa de papeleo, pero sabía que merecía la pena. Poco antes de mi partida, a finales de diciembre de 2013, los formularios aún no estaban terminados.
Había reservado el vuelo para el 27 de diciembre con mi propio dinero. Entre el papeleo y los detalles interminables, nunca llegué a asimilar que de verdad me mudaba a Londres. No tuve tiempo de celebrarlo. Lo único que sabía era que Londres es una auténtica metrópoli mundial, como Nueva York, y que mi Erasmus no sería el típico europeo. Algunas amigas se habían ido a pueblecitos encantadores de Francia, donde todo era bonito, seguro y cercano, y era fácil hacer amistad con otros estudiantes de intercambio. Esa no iba a ser mi experiencia. Nunca había estado en Londres —ni en ningún lugar del norte de Europa— y no tenía ni idea de qué esperar. ¿Sería como Harry Potter o como Skins?

Salir de casa: un aeropuerto y un padre con lágrimas en los ojos
Volví a mi pueblo para pasar la Navidad con mi familia y después me fui al aeropuerto. Mi padre me llevó a Atenas; al fin y al cabo, soy una chica de pueblo. Todavía lo recuerdo con los ojos llorosos en el aeropuerto, intentando, sin éxito, disimularlo. Mis padres siempre me animaron a viajar, y mis abuelos también. Crecí en una familia de exploradores que dejaban lo que estuvieran haciendo para ver Lonely Planet en la tele. Así aprendí a sentir curiosidad por el mundo: a través de una pantalla y de una página.
Atravesé el laberinto metálico de la entrada del aeropuerto para viajar sola por primera vez en mi vida. Aún no había Brexit, así que pude entrar solo con el DNI. En el avión me di cuenta de que no estaba preparada para vivir únicamente en inglés. Llevaba una miniguía de Londres, pero estaba tan nerviosa que apenas podía leer una línea. Me limité a mirar por la ventanilla, intentando imaginar los siguientes pasos. Aterrizamos tarde. Mi padre había contratado un taxi para recogerme; yo no sabía que ya estaba pagado, así que le di al conductor 50 euros. Seguramente pensó que era una propina, y todavía me acuerdo. Recuerdo mirar por la ventanilla con ansiedad. No conocía a aquel hombre ni sabía adónde me llevaba. Lo único que podía hacer era confiar, y confiar nunca me ha resultado fácil. Respiré hondo y me dije que no tenía por qué preocuparme. Veía en el mapa que íbamos por buen camino.
La llegada: demasiadas luces, un acento nuevo y un baño que me negué a compartir
Lo que más recuerdo es el impacto absoluto al ver Londres. Nunca había visto una ciudad así: las luces, los sonidos, los edificios, cómo olía todo en todas partes. A veces era demasiado, y sentía tanto miedo como asombro. Mi alojamiento provisional estaba cerca del Shard. Al conductor le costó encontrarlo y dio vueltas una y otra vez por el mismo sitio, lo que no hizo más que alimentar mi ansiedad. Al final llegamos, y un amable señor indio me ayudó a deshacer la maleta. Una vez dentro, me di cuenta de que, aunque me consideraba casi nativa en inglés, al principio apenas entendía el acento local: me había criado con el estadounidense.
Mi habitación no tenía nada de especial: una cama vieja, la ventana más pequeña del mundo, un escritorio de madera, una estantería y un grifo. En la cocina había comida de todo el mundo por todas partes. Conocí a dos compañeras chinas que estaban cocinando y, aunque una de ellas no tenía ni idea de dónde estaba Grecia y tuvo que buscarlo en Google, me ofrecieron dumplings. La cocina olía a especias de maravilla; por entonces yo no estaba acostumbrada al picante, solo a la comida mediterránea, pero eso estaba a punto de cambiar. Había un problema: el baño era compartido y, protegida y bien educada como era, no había forma de que lo usara. Durante tres días me lavé en el grifo. Nunca llegué a pisar aquella ducha.
Perdida en la oscuridad, rescatada por dos chicas griegas
Al día siguiente decidí que tenía que comprar productos de limpieza y reconquistar aquel baño. Pero tengo el peor sentido de la orientación del mundo —ninguna habilidad— y, para colmo, no tenía cobertura. Todavía recuerdo lo oscuro que estaba. En Grecia tenemos sol incluso en invierno; Londres, a finales de diciembre, apenas tenía unas dos horas de luz, más o menos entre las 11:00 y las 14:00. No me lo podía creer. Siguiendo el «gira aquí, gira allá» de la recepcionista, tardé más de una hora en volver a casa desde un supermercado que no estaba ni a dos manzanas. Dentro me esperaba otra sorpresa: las cajas de autoservicio, que en Grecia no teníamos en 2014. Y entonces entró en juego mi famosa suerte: oí a dos chicas hablando en griego. Normalmente nunca me acercaría a desconocidos, pero sabía que allí tenía que hacer las cosas de otra manera. Resultó que eran de un pueblo vecino al mío. Me acompañaron al supermercado, me indicaron el camino y charlaron conmigo; les estaba muy agradecida. Si ellas podían vivir en esta ciudad enorme, me dije, yo también. Al menos lo intentaría.
La promesa de una desconocida
Otro día me perdí sin remedio buscando una librería cerca del campus, en pleno centro de Londres. El edificio parecía un hospital; era caótico, lleno de gente de todo el mundo, de idiomas y olores que no sabía identificar. Cuando empecé a llorar, apareció una mujer, como salida de la nada, y se detuvo justo delante de mí. Curiosamente, no sentí miedo. Me miró fijamente a los ojos, como si esperara una señal. «Perdone, ¿sabe dónde está esta librería?», le pregunté. Respiró hondo y respondió en un tono muy serio:
«Te ayudaré. Pero necesito que me prometas algo. Hace muchos años yo estaba en tu misma situación, y una señora mayor me pidió exactamente lo mismo: que algún día ayudara a alguien que me pidiera ayuda y lo llevara a su destino sano y salvo. Prométeme que tú también lo harás, al menos una vez en la vida».
Por un momento mi imaginación de pueblo se desbocó: ya me veía en los titulares de la prensa local. Pero ella se limitó a decir: «Ven, te llevo». Tres minutos después, habíamos llegado. «Muchísimas gracias», le dije. «¡Cumpliré mi promesa!». Me quedé sin palabras. Quizá no estaba tan perdida como creía. Quizá, después de todo, encontraría a la gente adecuada. Hay momentos en la vida de cada uno que son decisivos sin hacer ruido. Para mí, aquel encuentro fue uno de ellos.
Escritura de viajes y un viaje alrededor de una habitación
Tras 40 minutos de lucha, por fin encontré el autobús correcto hasta Embankment, donde estaba el campus. Fui a mi clase —escritura de viajes, en la planta baja—. El aula no se parecía en nada a los edificios enormes, viejos y caóticos de mi país: era limpia, pequeña y nueva. Solo éramos diez en la asignatura, pero yo estaba encantada. La escritura de viajes era mi sueño, y allí estaba yo, en Londres. El primer día, el profesor habló de leer literatura de viajes. «He emprendido y realizado un viaje de cuarenta y dos días alrededor de mi habitación», escribió Xavier de Maistre en Viaje alrededor de mi habitación. Me perdí en aquella primera clase —esta vez no literalmente—, absorta en cada palabra de De Maistre y de Saint-Exupéry. Aquel protagonista había conseguido viajar alrededor de su habitación, y yo estaba en una gran metrópoli. Quizá viajar es un proceso. Quizá viajar es una actitud. ¿Quién sabe?
De pesadilla británica a ciudadana del mundo
Aquel primer tramo fue duro. Faltaban dos días para Año Nuevo y no tenía con quién celebrarlo. Escribía un diario, y recuerdo haber anotado que, mientras algunos se van al extranjero a perseguir el sueño americano, yo estaba viviendo en ese momento una pesadilla británica. Mirando atrás, me quejaba sin motivo: simplemente todo era nuevo y estaba fuera de mi zona de confort. En Nochevieja me encontraba ante una disyuntiva: ¿salir sola o quedarme en casa? Decidí quedarme y tratarlo como un día normal. Entonces llamaron a mi puerta: mis dos compañeras chinas, que me invitaban a salir. Y fui. Éramos unas desconocidas, pero me lo pasé genial. Estaba en Londres en Nochevieja: no me lo podía perder.
Muy pronto hice amigos de Brasil, Italia, Alemania, España, la India, Corea, Singapur y los Países Bajos. Tantas culturas y tan poco tiempo. En el autobús me quitaba los auriculares solo para escuchar los idiomas a mi alrededor y adivinar adónde iba cada uno: todos cogíamos el mismo autobús, pero íbamos hacia vidas muy distintas. Y la comida: india, jamaicana, sushi japonés, todo nuevo. No hay nada mejor que un supermercado en un país extranjero. Absorbía cada detalle de los idiomas, las historias y los países de mis amigos; incluso nos enseñábamos a decir palabrotas y jerga en nuestras lenguas. Todo era nuevo —palabras nuevas, comida nueva, ideas nuevas, gente nueva, arte nuevo— y me encantaba. Sabía que no era la misma persona que se había ido, y que tampoco volvería siéndolo. En las vacaciones de Semana Santa, casi diez de nosotros reservamos un hotel en Ámsterdam y viajamos juntos. Londres me había enseñado a viajar, y a explorar mientras viajaba, «como es debido», como dirían allí.
El viaje interior
Aquel curso de escritura de viajes me ayudó a entender la psicología del viajero y a mirar el viaje con los ojos de poetas y escritores. Diez sesiones, un libro por semana, y el primero fue, cómo no, Viaje alrededor de mi habitación, de De Maistre. Empecé a preguntarme si viajar es de verdad una actitud, y si un lugar puede cambiarte tan profundamente que se note también en tu vida exterior. Si lo piensas, todas las grandes metrópolis se parecen bastante: gente de todos los rincones del planeta, las mismas cadenas, la misma ropa, los mismos perfumes. Así que quizá viajamos para leer algo más profundo, para llegar a niveles más hondos de nosotros mismos. Vayamos donde vayamos, volvemos a casa, a nosotros mismos, porque quizá pertenecemos al mundo. Vemos una parte de nosotros en cada lugar y en cada persona que conocemos. Por eso los trotamundos siguen buscando nuevas aventuras: para encontrarse y reencontrarse en cada parte del mundo. ¡Salud, Londres!
Evi Giourouki escribió este texto durante su formación en la School of Travel Journalism. Si te ha inspirado, descubre el Máster en Periodismo de Viajes y el Máster en Periodismo Gastronómico, mira los documentales de viajes de nuestros alumnos en YouTube y escucha sus historias en nuestro pódcast de Spotify.
Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.