Por Sandra Gilch
Miro por la ventanilla. El paisaje verde huye de mí. Con la mirada persigo desde el tren los prados y los árboles. Siento que este es el camino hacia algo nuevo, y no solo en lo físico. Intento fotografiar las vacas para mandárselas a mi padre (que es ganadero), pero el tren va demasiado rápido. Las fotos me salen movidas, así que decido limitarme a mirar y seguir el paisaje con los ojos.
Seamus Heaney escribió en su poema Postscript sobre la belleza de los detalles de la naturaleza en el condado de Clare, junto a Galway, la tierra que yo iba a explorar en los días siguientes: un poema breve que invita a escaparse al oeste en otoño y dejarse sorprender por la luz y el viento del Atlántico.
Galway, mi casa lejos de casa
Iba en el tren de Dublín a Galway cuando me di cuenta de que no había planeado nada para los nueve días que me esperaban en la costa oeste de Irlanda. Solo sabía dónde iba a dormir, y nada más. Aquel viaje iba a demostrarme la magia de vivir de un momento al siguiente. La primera tarde di un pequeño paseo. Me senté junto al agua, al lado de un puente, a ver la puesta de sol y a admirar los cisnes que cruzaban los reflejos del sol en el agua. Supuse que justo allí empezaba el océano Atlántico. No estaba segura. Al menos, allí empezaba la Wild Atlantic Way, la ruta costera del Atlántico salvaje.
En la costa oeste de Irlanda, quien ama la naturaleza encuentra muchísimas rutas de senderismo junto a acantilados altísimos. A una hora y media en autobús al sur de Galway están los acantilados más famosos del país: los Cliffs of Moher, los acantilados de Moher. Desde Galway, el camino te lleva o bien por el paisaje pedregoso y único del Burren, o bien por la mágica Wild Atlantic Way, junto al océano. Decidí empezar mi viaje de nueve días tachando ya de la lista la visita imprescindible número uno. Aquel día, nuestro conductor trazó un círculo en el mapa.
Al atravesar la región del Burren, nos vimos rodeados de paisajes hechos de piedra y más piedra. Para verlo de cerca, paramos en uno de los monumentos arqueológicos más emblemáticos de Irlanda, en lo alto de la meseta caliza del Burren: el dolmen de Poulnabrone, de unos 5.800 años de antigüedad. Lo rodea un paisaje glaciokárstico, resultado de la acción de los glaciares y de la disolución de la roca por el agua de lluvia. Es una tumba de portal: dos grandes piedras verticales flanquean una entrada cubierta por una enorme losa inclinada. En algún momento desconocido del pasado se desplomó otra de las piedras de la tumba, que hoy yace en el suelo, en la parte trasera del monumento.
Estaba tan fascinada con los paisajes del Burren y las vistas desde el autobús que casi olvidé que lo mejor del día estaba por llegar. Era un día nublado y lluvioso, pero al llegar, por suerte, pareció dejar de llover un rato. Con el viento a favor, caminamos hacia el oeste desde la parada y enseguida llegamos al borde de los acantilados. Como seguía habiendo niebla, no pudimos ver toda su extensión, de unos 14 kilómetros. Aun así, la vista desde 214 metros sobre el Atlántico nos dejó sin palabras. Por el tiempo, aquel día no se podían ver los acantilados desde un barco, pero nadie se cansaba de mirarlos desde arriba. Desde la torre de O’Brien puedes acercarte mucho al borde. Los acantilados incluso aparecen en una película de Harry Potter, como escenario de la cueva junto al mar donde Harry y Dumbledore buscan uno de los horrocruxes de Voldemort, y también en el clásico La princesa prometida. Caminar por este borde de Irlanda te regala una costa escarpada preciosa y vistas abiertas al Atlántico.
Los acantilados de Moher se han convertido en una gran atracción turística que despierta todos los sentidos. Se formaron hace más de 300 millones de años, cuando un río arrastraba arena, limo y arcilla hasta una antigua cuenca marina. Durante millones de años, los sedimentos acumulados en la desembocadura de aquel delta se compactaron y se convirtieron en roca, en los estratos que hoy quedan a la vista en las paredes de los acantilados.
Todo azul
De vuelta a Galway, nuestro conductor, irlandés de los de verdad, nos llevó justo por la Wild Atlantic Way. Había crecido allí y siempre le había gustado ir a la playa a mirar las olas, de niño y ahora con sus hijos. Mientras avanzábamos, yo escuchaba una y otra vez All Along the Wild Atlantic Way (2016), de Aoife Scott. La canción atrapa la magia y el romanticismo que despiertan los paisajes de Irlanda, con un tono muy nostálgico: habla de recuerdos importantes del pasado y de las ganas de la cantante de volver a vivirlos, de lugar en lugar a lo largo de toda la costa oeste, de Donegal a Kerry.

Empapada de la canción, me sorprendió el frenazo repentino del conductor. Aparcó el autobús en mitad de la nada. Era la nada y, a la vez, el centro de todo. Solo veía azul: el cielo y el océano. Bueno, y las rocas grises que impedían que la gente corriera hacia las olas y obligaban a dar cada paso con mucho cuidado. El propio conductor se sentó en las rocas, junto a la carretera. Supongo que para vigilar el autobús. O quizá era, sin más, su roca favorita.
¿Qué queda después de un incendio?
A la mañana siguiente me entraron ganas de descubrir la naturaleza de las afueras. Junto al río Corrib, uno de los ríos más cortos de Europa, no solo encuentras una flora y una fauna muy ricas, sino también mucha historia. El castillo que quería visitar estaba a una hora a pie de mi albergue. Como no tenía nada más previsto y el sol brillaba en el cielo, decidí ir andando. El camino me llevó por carreteras estrechas, paisajes abiertos, prados con caballos y pequeños pueblos.
La magnífica ruina del castillo de Menlo ocupa un lugar precioso a orillas del Corrib. Este conocido símbolo local queda escondido de cualquier calle, rodeado de bosque, del paseo junto al río que sigue la antigua línea de tren de Galway a Clifden y, al otro lado del agua, de una universidad. Suena a decorado de película, pero es real.
La historia del castillo se remonta al siglo XVI. Fue el hogar de la familia Blake, que vivió allí de 1600 a 1910. Era una de las familias más ricas de Galway y tenía grandes propiedades en los condados de Mayo, Clare y Galway. Durante su época en Menlo, los Blake invitaban a los vecinos a los terrenos del castillo para la fiesta de primavera conocida como Maying in Menlo. A finales del siglo XVII, la familia añadió una mansión de estilo jacobino a la antigua casa torre. La historia del castillo termina en tragedia: la noche del 26 de julio de 1910, mientras sir Valentine y lady Blake estaban en Dublín, un incendio devoró el edificio. Murieron su hija Eleanor, que estaba impedida, y dos sirvientas. El castillo quedó calcinado y se perdió todo su contenido. Solo siguieron en pie los muros cubiertos de hiedra que todavía se ven hoy.
Al llegar, me fascinaron las plantas que crecían alrededor de los muros. Pude entrar en la ruina sin problema. Subí unas escaleras y me senté en una piedra que parecía haber sido una ventana. Mis pies necesitaban descansar. Apenas pasaba un segundo sin que el viento me revolviera el pelo. Y era una sensación magnífica: refrescante, liberadora. Sentía el viento en el pelo y la piedra fría bajo mi cuerpo, oía correr el río y a los pájaros cantar en canon.
Colinas de ovejas
Después de descubrir el Burren, al sur de Galway, y los alrededores más cercanos de la ciudad, tocaba una excursión en autobús hacia los paisajes del norte. Allí mandan las colinas verdes, los lagos entre ellas y, de vez en cuando, castillos y abadías imponentes junto a la carretera. Volví a apuntarme a una de las excursiones de Galway Tour Company, que salía justo delante de mi albergue. La primera parada para hacer fotos fue en el impresionante valle de Inagh. Los valles de Connemara son anchos y largos, y añaden a la vista esa chispa increíble de infinito.
Al llegar a Cong, en el corazón del distrito de los lagos de Irlanda, puedes dar un paseo, saludar a los burros y dar de comer a los patos por el camino. Mientras tanto respiras el aire limpio que crean el río y los árboles de los bosques de Cong, uno de los bosques autóctonos más grandes del país. Si conoces el clásico El hombre tranquilo, quizá te suenen las ruinas de la abadía de Cong: sus restos y otros rincones del pueblo sirvieron de escenario a la película de John Ford de 1952. La abadía agustina data del siglo XII y es uno de los mejores ejemplos de arquitectura religiosa medieval de Irlanda.
Seguimos hasta Kylemore Abbey, conocida como el castillo más romántico de Irlanda. Puedes visitar por dentro el castillo neogótico y sus jardines victorianos o, simplemente, disfrutar de la vista, que es lo que hice yo. Me senté junto al lago, que funde la abadía con el paisaje verde y ondulado. Allí sentada, comiéndome la pizza que había comprado en el quiosco, miraba a los niños jugar y a la gente ir hacia el castillo y volver a sus coches. Si la vida puede ser así, no quiero morirme nunca. Quiero sentir para siempre esta paz infinita, esta calma de la naturaleza unida a la calidez de la gente que disfruta de la historia y la cultura.
Al salir de Kylemore pusimos rumbo al norte, hacia el espectacular Killary Harbour, uno de los pocos fiordos de Irlanda. Desde la carretera solo vislumbramos una parte de este valle sumergido de unos 16 kilómetros de largo y 45 metros de profundidad. Después atravesamos los valles salvajes del norte de Connemara, una zona llamada Joyce Country por el antiguo clan irlandés que la gobernó. Allí paramos a orillas del Lough Na Fooey, otro lago glaciar rodeado de colinas. En cuanto entré en aquel paisaje, sentí magia dentro y fuera de mí. Lo recordaré como el momento mágico de todo el viaje.
Todos bajamos del autobús y fuimos abriéndonos paso entre las pequeñas lomas hasta el lago. Las ovejas campaban a sus anchas; hasta donde alcanzaba la vista no había ninguna valla que marcara su territorio. ¿Quizá su territorio es todo? ¿El país entero? Solo veía verde y los reflejos del verde en el lago. Si el cielo estuviera en la tierra, estaría justo allí. No me atreví a acercarme demasiado a aquellos animales tan bonitos, y el conductor tampoco quiso molestarlos más. Volvimos a Galway en aquel atardecer temprano y brumoso de agosto.
Silverstrand bajo un sol dorado
Una escena de película: una mujer joven está sentada en una roca al borde de la playa, lejos del bullicio, leyendo un libro. En el mar, una niña y su madre intentan acostumbrarse al agua fría, sin mucho éxito. La niña hace todo lo posible para que su perro, Taylor, se bañe con ellas, pero él prefiere explorar y corre hacia la mujer de la roca. De lejos, madre e hija lo llaman por su nombre y tratan de atraerlo con chucherías. Pero a Taylor le interesa más la mochila de la desconocida. Se deja acariciar un momento y vuelve al agua. Entonces aparece a lo lejos un anciano con barba y bastón. La madre sale corriendo del agua para que el perro no se lance hacia él.
¿Quién era la mujer de la roca? Era yo. Sentada allí, pensé que aquel era el lugar más bonito en el que había estado nunca. Recuerdo cerrar los ojos para prometerme que algún día volvería y enseñaría ese milagro de lugar a los hijos que quizá tenga. Es un sitio donde la paz de la tierra se encuentra con la paz de las personas.
Si tienes la suerte de viajar a Irlanda en verano, y más aún la de tener sol, no te pierdas la playa de Silverstrand, a solo media hora en autobús del centro de Galway. La arena y las piedras suaves te miman los pies. Al meterte en el mar, te sorprenderá el agua cristalina del Atlántico. El sol se pone por donde los prados verdes se encuentran con el océano. En la dirección contraria, una gran roca se adentra en el mar. Gracias a la lluvia, las playas irlandesas, a diferencia de las mediterráneas, están rodeadas de verde: puedes tumbarte en la hierba, en la arena o en las piedras. Las olas a veces llegan con fuerza y a veces con calma, pero, suenen como suenen, siempre es precioso verlas y oírlas romper contra las rocas de la orilla. El viento puede hacerte creer que el sol no quema lo suficiente.
Sin embargo, en cuanto se puso el sol, me di cuenta de lo quemada que tenía la cara. La quemadura desapareció a los pocos días; los recuerdos de aquel día durarán siempre.
De la historia al presente
Al volver a Galway por la tarde tienes la sensación de regresar a casa. La ciudad le da a todo el mundo un sentimiento de pertenencia y desprende gente amable y bonita. Puede que te cruces con más turistas que vecinos: Galway tiene unos 85.000 habitantes y recibe cada año a millones de visitantes. Una de sus visitas más populares es el Museo de la Ciudad de Galway, que enseña que la tradición no consiste en guardar las cenizas, sino en mantener viva la llama. Es un lugar donde la cultura irlandesa cuenta historias a través de palabras y objetos. Sus colecciones recorren la historia de Galway, incluido el contexto de los conflictos con Gran Bretaña a principios del siglo XX. En 1913, Irlanda formaba parte del Reino Unido y se gobernaba desde Londres. La década siguiente trajo cambios enormes: el Alzamiento de Pascua de 1916, la Guerra de Independencia (1919-1921) y la Guerra Civil (1922-1923) llevaron a que veintiséis de los treinta y dos condados de la isla se independizaran como Estado Libre Irlandés, el origen de la actual República de Irlanda. Para entender esos conflictos hay que conocer su complejidad, y esa es la misión del museo: ser un centro de aprendizaje, inspiración y participación para quienes lo visitan, recogiendo, conservando y mostrando el patrimonio material de Galway.
La historia de Irlanda ha estado marcada por cambios políticos intensos, que también pueden despertar cambios personales. En el poema The Wayfarer («El caminante», 1916), uno de los líderes revolucionarios irlandeses, Patrick Pearse, reflexiona sobre la belleza fugaz del viaje de la vida en un momento de cambio personal y político decisivo.
La belleza del mundo me ha entristecido,
esta belleza que pasará;
a veces mi corazón se estremeció de alegría
al ver una ardilla saltando en un árbol,
o una mariquita roja sobre un tallo,
o conejitos en un prado al atardecer,
iluminados por un sol oblicuo,
o alguna colina verde donde pasaban las sombras,
alguna colina tranquila donde el montañés sembró
y pronto cosecharía, cerca de la puerta del cielo;
o niños descalzos sobre la arena
de algún mar en bajamar, o jugando en las calles
de pueblos pequeños de Connacht,
cosas jóvenes y felices.
Y entonces mi corazón me ha dicho:
todo esto pasará,
pasará y cambiará, morirá y no será más,
las cosas luminosas y verdes, las cosas jóvenes y felices;
y yo he seguido mi camino
con tristeza.
Pearse escribió estos versos poco antes de ser ejecutado, intentando aceptar su muerte inminente. Que las cosas pasen y cambien, mueran y dejen de ser no solo vale para la fugacidad de la naturaleza, sino también para nosotros. Lo que sí podemos hacer es ser conscientes de los cambios, aprovechar cada momento y recordar la historia como merece. No hay lugares que guarden más historia y memoria que los cementerios, ni siquiera los museos. Paseando por Galway, descubrí el cementerio de Bohermore. Entré sin ninguna expectativa. La forma en que las tumbas estaban decoradas con flores y frases me conmovió hasta hacerme llorar. No conocía a ninguno de los difuntos. Aun así, mirando aquellas tumbas, comprendí lo cariñosos que son los irlandeses.
Paseos por Galway
La catedral católica del centro de Galway es una de las siluetas más reconocibles de la ciudad. Su cúpula alcanza unos 44 metros de altura. Construida entre 1958 y 1965 con piedra caliza local, su nombre oficial es Catedral de Nuestra Señora de la Asunción y San Nicolás. La entrada es gratuita. Al entrar, me enamoré de la arquitectura de la cúpula y de las columnas, de aire renacentista. Otros elementos, como los rosetones y los mosaicos, beben de la amplia tradición del arte cristiano.
Paseando por Eyre Square, en el centro de Galway, puedes acabar sentada en un banco junto a Pádraic Ó Conaire, el escritor en lengua irlandesa más importante de su generación. O, al menos, junto a una réplica en bronce de su estatua conmemorativa. La original, obra del escultor dublinés Albert Power, se encargó tras su muerte en 1928 por iniciativa de la Liga Gaélica y estuvo en Eyre Square de 1935 a 1999. Después se trasladó al Museo de la Ciudad de Galway para protegerla. Desde 2017, una réplica en bronce ocupa el lugar donde estuvo la original, para que Ó Conaire siga recordándose con dignidad.
Ó Conaire escribió su obra en irlandés. El irlandés, o gaélico, es una de las lenguas escritas más antiguas de Europa: sus primeras inscripciones, en alfabeto ogam, datan de hacia el siglo V. En la era cristiana se extendió por Escocia, la costa occidental de Gran Bretaña y la isla de Man. Aunque el inglés lo arrinconó durante siglos, el gaélico sigue vivo en miles de libros, en la televisión, la radio, la prensa y en internet. Y todavía hoy es la lengua de la comunidad en las zonas de la Gaeltacht, repartidas sobre todo por la costa oeste, de Donegal a Kerry. Béal an Uaignis es el título original de un cuento conmovedor de Ó Conaire; en español sería La boca de la soledad. Su protagonista encuentra consuelo escuchando la música del campo, y el relato muestra cómo el paisaje irlandés alimenta las emociones más íntimas y les hace eco.
Drochmhargadh a bhí ann cinnte agus is muide atá thíos leis, an gadaí bradach. Dhún mé na súile. D’fhan mé gan cor a chur díom ag éisteacht leis an gceol aoibhinn sin agus ag iarraidh a dhéanamh amach cén fáth gur bhronn Dia a leithéid de bhinneas ar chlanna na n-eite agus na ngob agus d’fhág sé an chlann daonna mar atáid.
Fue un mal negocio, sin duda, y somos nosotros quienes salimos perdiendo, ladrón sinvergüenza. Cerré los ojos. Me quedé inmóvil, escuchando aquella música deliciosa e intentando entender por qué Dios concedió tanta dulzura a las tribus de alas y picos y dejó al género humano tal como está.
Evolucionar
Cerca de la estatua hay otra obra de arte, más reciente y a la vista de todos: una mariposa de colores pintada sobre una puerta de madera por la artista urbana Kelsey Montague. En Instagram la acompaña con la frase de J. K. Rowling que la inspiró, que viene a decir que todos llevamos magia dentro. Si te colocas delante, entre sus alas, seguro que sientes esa magia crecer.
Entre Eyre Square, por un lado, y el Arco Español, por otro, el Barrio Latino de Galway ofrece una mezcla rica y vibrante de tiendas, comida y ocio. Aquí los artistas callejeros se cruzan con estudiantes y turistas de todo el mundo. Las gaviotas de Galway son una compañía fiel: como las palomas en otras ciudades, no tienen ningún reparo en robarte algún bocado. Sobre todo cerca del Corrib, no tendrás que buscarlas tú: ellas te buscarán a ti. Tampoco te pierdas la vista de la ciudad desde el otro lado del río, en el barrio de Salthill.
Al repasar mis días en solitario por Irlanda, distinguí sus distintos momentos y cómo disfruté cada uno: caminar por la ciudad salpicada de lluvia, admirar paisajes magníficos desde el autobús o pasear por un museo. El viaje también me demostró que la magia de las ciudades es distinta de la magia indefinible de la naturaleza, y que las personas necesitamos las dos para sentirnos plenas. William Butler Yeats, considerado por muchos el gran poeta de Irlanda, comprendió durante su estancia en Londres que solo encontraría la paz en la naturaleza tranquila. Un día se detuvo ante un escaparate, atraído por el sonido del agua: dentro había una pequeña fuente cuyo chorro sostenía una bola en el aire. Aquel rumor le despertó recuerdos y, pensando en su anhelo de calma, escribió el poema The Lake Isle of Innisfree («La isla del lago de Innisfree»).
Me levantaré y me iré ahora, me iré a Innisfree,
y allí construiré una cabaña de barro y de mimbre;
tendré nueve hileras de judías, una colmena para la abeja,
y viviré solo en el claro donde zumban las abejas.
Y allí tendré algo de paz, pues la paz cae despacio,
cae de los velos de la mañana hasta donde canta el grillo;
allí la medianoche es todo destellos, y el mediodía, un resplandor púrpura,
y la tarde está llena de alas de pardillo.
Me levantaré y me iré ahora, porque siempre, noche y día,
oigo el agua del lago lamer suavemente la orilla;
mientras estoy en la carretera o sobre las aceras grises,
la oigo en lo más hondo del corazón.
El poema se ha convertido en un emblema de la poesía irlandesa y del Renacimiento celta.
- Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes de la School of Travel Journalism.
Sandra escribió este viaje por el oeste de Irlanda durante su formación en la School of Travel Journalism. Si tú también quieres aprender a contar lugares con esta mirada, echa un vistazo al Máster en Periodismo de Viajes.