Por Miguel Digón

A esa hora, el cielo se condensa para derretirse sobre el sol y sobre el mar. Y el mar, con la solemnidad de un ritual, lo mece con sus olas para que llegue la noche. Una noche que es vida y cuya oscuridad trae sosiego y, paradójicamente, ilumina el alma en estos días de final del verano.

Estos días presiento que el verano se marcha. No es eterno, pero es terapéutico. Y para eso no vale cualquier lugar. Sitges, desde la primera vez, me ofreció esa sensación que aparece cuando un sitio te hace suyo. Desde hace tres veranos se convirtió en uno de mis refugios al aire libre donde el mar, la luz y el tiempo parecen ponerse de acuerdo para recordarte quién eres cuando nada pesa.

Aquí, este cielo y este mar se han vuelto mis cómplices. Se buscan, se juntan, se funden, igual que esa madre que abraza a su hijo mientras miran el horizonte. No es un abrazo de fuerza física, sino una fuerza emocional, una unión sincera como la del cielo con el mar.

Los colores efímeros, apenas unos minutos de fulgor, resaltan todavía más la belleza de Sitges, que desde siempre ha llamado a los amantes de la luz y que, pese al turismo, mantiene su esencia. La luz del Garraf, que hace brillar su piedra blanca con una elegancia tan sutil que es sobrenatural.

Pasaron dos veranos desde que saqué esta foto, pero cada vez que la miro espero impaciente el siguiente. Más ahora, cuando vivo de noche y casi sin luz. En unos meses volveré a ese lugar donde tomé la foto, donde cada tarde, al regresar de la platja dels Balmins, me siento a ver el atardecer como si el tiempo supiera detenerse solo para mí.

¿Te interesa escribir sobre los viajes que exploran lo extraordinario? Explora nuestros programas de Máster en Periodismo de ViajesMáster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.

Por alumni

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *