Por Blanca Pereda
Hay catedrales que no necesitan altar ni campanario.
Todo está en su sitio, donde debe estar.
Calma.
Las rocas respiran. El verde quiebra la piedra en grietas y después la arropa como una
madre a su hijo al dormir.
Estoy quieta, esperando que algún dios antiguo me bendiga. Tan quieta que parezco
musgo. Me siento y el frío me atraviesa. No me importa. Es el precio de entrada a este
templo que no cobra nada más.
Silencio.
Las olas lamen las rocas, entran como una oración ancestral aprendida. Su cadencia se
confunde con un canto de sirenas. Las piedras las dejan ir: la sal vale la pena.
Yo también me iré, y habré aprendido de ellas. Cortaré la cuerda. Ya no habrá ancla.
Este lugar seguirá siendo un santuario.

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