Por M. Eugenia Martín
Ya he vuelto de ti Estambul, y como me ocurre al regresar de los lugares que me gustan, siento que una parte de mí se ha quedado prendida en alguno de tus rincones y sigue viviendo mi vida allí, como el rabo de las lagartijas que continúa moviéndose separado del cuerpo.
Nunca había estado tan al Este, a las puertas de Oriente. Me recorría un hormigueo de expectación que crecía a medida que sobrevolaba las Baleares, Cerdeña, Sicilia, el sur de Italia, Grecia, una pequeña parte de Bulgaria y finalmente Turquía.
¿Sabes? Al poner un pie en tu aeropuerto me embargó un agobio extraño en la cola del control de pasaportes; sabía que tenía sólo tres días y unas horas de esa primera noche para absorberte, y era demasiado poco… Quería verte, probarte, escucharte y recorrerte entera, y el tiempo del que disponía no iba a ser suficiente para encajarte, partida en dos continentes y expandida por el Bósforo.
El lugar donde nos acogiste era privilegiado; a unos pasos de Santa Sofía y de la Mezquita Azul. Ahí tienes a las dos, una enfrente de otra, compitiendo en belleza, impertérritas a través de los siglos. Esa primera noche ya no podía dejar de mirarlas.
Como si estuvieran imantadas, mis ojos iban de una a otra, me alejaba y me volvía irremediablemente a contemplarlas, viviendo a golpe de segundo en otros tiempos. Me admiraba verlas levantarse prometedoras con sus cúpulas y minaretes entre soplos de luz; yaciendo quietas y monumentales, susurrando tus secretos guardados…
Caminar temprano para desenrollar el trazado de tus barrios con nuestros pasos, me llenaba de emoción, ¿Qué tendrías reservado? Poquito a poco lo fuiste desvelando: mezquitas y rascacielos; bazares y boutiques; calles laberínticas y amplias avenidas; puentes roídos con pescadores colgantes y puentes futuristas; el barco, el tranvía, el funicular, el metro, el autobús, el taxi, o, mis pies para seguir avanzando.
La sobrecogedora llamada a la oración y la música de los bares de moda; el fez, los tatuajes y los piercings; el pelo velado y el pelo azul; barrios de oficinas y barrios underground; chicas con niqab junto a otras en mini-short; la algarabía de muchos lugares o el fluir cotidiano en tu otra orilla del Mármara. Una retahíla de fotos que se encadenaban en una sucesión imposible.
Todo parecía tener cabida en ti, en una vibración acrisolada de culturas, de gentes, de edificios y de tendencias. Tu corazón cosmopolita conjugando de manera insólita el pasado, el presente y, quizás, el futuro. La zona europea, la islámica, la griega, la turca o la asiática para elegir: Sultanahmet, Eminonu, Beyoglu, Fatih, Fener, Eyüp, Üsküdar, Kadiköy, Örtakoy…, en cada barrio imprimías tu sello genuino.
Era yo la que pasaba por ti con mis sentimientos y mis pensamientos, cribando todo lo que me ofrecías. Es así como se fijan los recuerdos en la memoria. Cada vez que vuelva a ellos, reviviré la misma impresión. En esa huella reside la magia de los viajes.
En tu perfil al atardecer, se alzaban los minaretes para decirme adiós. La luz te acariciaba y te impregnaba de las tonalidades más sensuales del otoño. Te dejé recostada en la hoz sinuosa del Cuerno de Oro, reposando tranquila en mi mente como una ‘princesa muerta’, pero tan llena de vida…
Has agasajado todos mis sentidos. Sólo me queda decir: teşekkür ederim, ES-TAM-BUL, eres poesía. Güle güle…

Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.