Por Verónica Francia

Llegué a Faial con una maleta demasiado pesada y una cabeza todavía más abarrotada. Julio de 2025. El avión descendió entre nubes rasgadas como lana mojada y el océano apareció de golpe bajo nosotros: una superficie oscura y rizada, sin reflejos turísticos. La isla no hizo ningún esfuerzo por impresionarme. Ni efectos especiales. Solo verde profundo y azul serio. Un paisaje que no pedía ser fotografiado, sino mirado.

Había elegido las Azores más por agotamiento que por deseo. Tras meses de días comprimidos, respuestas rápidas y relaciones gestionadas como expedientes, sentía una irritación sutil hacia todo. Viajar, que antes era una apertura, se había convertido en consumo. Movimiento sin absorción. Lugares reducidos a pruebas. Buscaba un sitio que no me entretuviera, que no colaborara con mi distracción. Faial no parecía tener intención de actuar. No estaba allí para descubrir un lugar, sino para comprobarme a mí misma.

En el aeropuerto releí una frase de Raul Brandão, el escritor portugués que navegó por estas islas y escribió sobre ellas con un respeto áspero: el mar no consuela, revela. Procede de su libro Las islas desconocidas, un híbrido de observación viajera y geografía existencial. Durante años la había tratado como una frase literaria, algo que subrayar, no que aplicar. Descubriría que era una advertencia práctica.

Vista aérea del volcán de Capelinhos y su costa de ceniza en la isla de Faial, Azores

Horta: una ciudad que no actúa

Fuera, el aire se pegaba a la cara con una suavidad húmeda y mineral. Mi piel registró la isla antes que mis pensamientos. Primero la sal, luego la vegetación y, debajo, algo metálico, como hierro enfriado. Horta, la ciudad principal, se mostraba compacta, sin decorados: casas bajas, colores pastel desvaídos por el viento, calles que subían sin prisa. Ningún gesto de skyline. Puertas pegadas a las aceras. Ventanas a la altura de una conversación.

El puerto no se parecía a ningún otro que hubiera visto: muros y muelles cubiertos de pinturas que dejan los marineros de paso. Símbolos, fechas, nombres de barcos, promesas de volver. Capas de pigmento como capas de intención. Aquí la tradición marinera se documenta con pintura: un gesto supersticioso, una petición de protección para la siguiente travesía. No es arte urbano. Es ritual. Una plegaria sobre hormigón.

Caminé aquella primera tarde, no por disciplina, sino por la densidad del ambiente. El aire estaba cargado de humedad y sal; respirar exigía atención y cada inspiración tenía textura. Bajo los zapatos, piedra volcánica: irregular, porosa, viva, como una cicatriz enfriada. Las superficies absorbían la luz en lugar de reflejarla. La ciudad también sonaba distinta: menos ruido de motores, más roce del viento, tensión de cabos, vibración de mástiles. Metal contra metal en pequeñas quejas controladas. Las hortensias bordeaban caminos y campos en franjas continuas —azules, violetas, blancas, a veces desvaneciéndose en verde—. Siempre las había archivado como decoración. Aquí eran infraestructura: cortavientos, lindero, ritmo visual. Introducidas en el siglo XIX, se convirtieron en identidad a fuerza de repetición. No son autóctonas, pero hoy están arraigadas culturalmente. A veces la autenticidad nace de la duración, no del origen.

La soledad como método

Viajaba sola. No por heroísmo, sino por necesidad interior. No quería que me interpretaran en tiempo real, negociar preferencias ni resumir impresiones mientras aún se formaban. Quería percibir sin comentarios. La primera mañana me puse una norma: nada de horarios cerrados, solo una dirección. La dirección permite corregir sin fracasar; un programa genera culpa cuando se rompe. Salí con un cuaderno, un bolígrafo y agua. Sin auriculares. Solo señal en bruto. La incomodidad fue inmediata. Sin lista de tareas, la percepción se amplía, pero el control se encoge. Me di cuenta de lo mucho que asociaba el control con la seguridad, incluso en entornos inofensivos.

Entré en un bar con mesas de madera marcadas por el tiempo: no arañazos decorativos, sino huellas de uso, de tazas arrastradas, monedas contadas, codos apoyados, conversaciones ancladas. Pedí café y bolo lêvedo caliente, un pan dulce típico de las Azores que se hace a la plancha. La mujer lo cortó y le puso mantequilla sin preguntar. Al sostenerlo entre los dedos, el calor pasó a la piel y se quedó allí. Lechoso, caramelizado, ligeramente fermentado. Me di cuenta de que estaba comiendo sin mirar una pantalla. Eso, por sí solo, ya me pareció una anomalía de conducta. La mujer me preguntó de dónde era. Le respondí. Asintió como quien toma nota del viento.

«Si te gusta caminar, ve hacia el camino de arriba. Hay un hombre que trabaja la piedra. Vive solo. Dice que escucha a la roca».

Usó la palabra devagar al describir el camino —despacio, con constancia—, no como tempo, sino como instrucción. Lo dijo como quien recomienda a un mecánico de confianza, no a un místico. Lo apunté en papel, no en el móvil. Fuera, las nubes pasaban bajas y rápidas, arrastrando sombras sobre los campos como pensamientos fugaces. Cada hora cambiaba la paleta. Entendí por qué a los pintores les cuestan las islas: nada se queda quieto el tiempo suficiente para simplificarlo.

El hombre que escucha a la roca

Dos días después tomé aquel camino, para comprobar si la curiosidad sobrevivía a la espera. Sobrevivió, lo que significaba que no era un impulso, sino una atracción. Sin señales ni flechas. Solo tierra apisonada entre helechos y hierba alta, elástica y húmeda bajo los pies. El viento llegaba a ráfagas desde el Atlántico, cargado de microgotas de sal que se posaban en labios y párpados. Saboreaba el agua sin verla. La subida reordenaba el pensamiento; la pendiente edita la distracción. Tras casi una hora, vi la casa: piedra oscura, tejado bajo, apoyada en el terreno en vez de impuesta sobre él. Sin acceso por carretera, solo a pie. La ropa se movía despacio en un tendedero. Un cubo metálico recogía el agua de lluvia de un canal tallado. Sistemas visibles. Funciones legibles.

El hombre trabajaba en un banco al aire libre, golpeando metal con un ritmo regular. Cada golpe, colocado, no soltado. «¿Puedo acercarme?». «Si el camino te ha traído hasta aquí, sí». Permiso basado en el esfuerzo, no en la identidad. Pelo oscuro con mechones grises, piel curtida por el sol, manos grandes y marcadas. Sobre la mesa: anillos, colgantes, piedra volcánica, cobre, plata en bruto. Sin simetrías forzadas; la variación seguía la veta del material. «Los haces tú». «Quito lo que no hace falta». «¿Respuesta técnica o espiritual?». «Experiencia».

Contó su historia sin dramatismo: nacido en Argentina, criado en comunidades chamánicas —no la versión de postal—. Luego Italia, cinco hijos, una separación y, por último, la isla. Sin arco narrativo, solo secuencia. «Cuando una casa se derrumba, puedes reconstruirla igual o cambiar el terreno». Hablaba sin énfasis. «Aquí vivimos devagar: no lento, justo». Le pregunté qué significaba justo. «En sintonía con el material, el tiempo, el cansancio. Con límites». Pulía una piedra mientras hablaba; el sonido de la herramienta cambiaba con la presión. «Si la fuerzas, se agrieta. Vale para la roca. Vale para las personas». La frase aterrizó con claridad mecánica. Yo había forzado tiempos y relaciones y lo había llamado eficiencia. Era miedo a perder posición, relevancia, impulso. «¿Corres incluso cuando estás quieta?». Sin acusación. Diagnóstico. No me defendí. La precisión desarma.

Devagar: el ritmo justo, no el lento

Volví varias veces. A veces hablábamos; otras, él trabajaba y yo observaba. Me dejó pulir una piedra y, a los pocos segundos, aceleré sin darme cuenta. «Tu mano corre antes que tu intención». Reduje la velocidad; la fricción se convirtió en un susurro. Me dio tres fragmentos de lava de distinta densidad y me pidió que los golpeara suavemente. Uno sonó sordo; otro, agudo; el tercero, hueco. «El hueco tiene una fractura escondida. Fallará más tarde. No ahora. Más tarde es peor». El fallo diferido como un riesgo mayor que el inmediato: aplicable mucho más allá de la piedra. Me enseñó cómo cambia de color el cobre cuando se calienta despacio o deprisa. «La velocidad crea apariencia. La lentitud crea resistencia». Repetía devagar una y otra vez, pero también com jeito: con mano, con el tacto adecuado. Técnica y sensibilidad. No solo cómo, sino cómo es debido.

El mar que revela

Un día cogí un autobús hacia el interior —horarios escasos: o te adaptas o esperas—. El conductor saludaba a los pasajeros por su nombre y por su carga: cajas de pescado, una bolsa de herramientas, cajas de pan. El transporte como red social. «No eres de aquí». «No». «Mejor. Así miras». El hombre que iba a mi lado había trabajado en barcos balleneros y me describió el paso de la caza a la observación tras los cambios normativos de los años ochenta. «Si olvidas la parte dura, la memoria se convierte en publicidad». En Capelinhos —la zona volcánica formada por la erupción de 1957— la tierra aún parecía provisional: arena de ceniza pálida, viento constante, un faro medio enterrado. Juventud geológica, visible. Inestabilidad, legible. La estabilidad, pensé, a menudo no es más que tiempo suficiente para parecer permanente.

Otra tarde me subí a un barco de avistamiento de cetáceos, no por el espectáculo, sino por el contexto. Hoy la normativa regula estrictamente la práctica: distancias mínimas, uso del motor, tiempo de observación. «Aquí el respeto se mide», dijo el guía. «La distancia es respeto». Vimos cachalotes salir a la superficie un instante, con soplidos verticales y limpios. Primero el sonido, después la imagen. Todos guardamos silencio sin que nadie lo pidiera: el asombro necesita ancho de banda tranquilo. Una noche, en el puerto, se formó una pequeña fiesta sin anuncio previo: guitarra, voces, niños corriendo, ningún móvil en alto. Un pescador me enseñó la palabra saudade: nostalgia con presencia de la ausencia. La luz anaranjada caía sobre los cabos mojados; el humo de las sardinas se metía en la ropa y en el pelo. El olor como ancla de la memoria.

Irse más ligera

Última visita al cantero. «No me escribas como un sabio». «Como un hombre». «Mejor. Los sabios no se pueden verificar». «¿Qué te llevas?». «Una resta». Un leve gesto de aprobación. Compré un colgante de lava con vetas verdes, más pesado de lo que esperaba. No era peso de recuerdo. En los días siguientes reduje el ritmo a propósito: paseos sin destino, notas a mano, mapas de sonidos, registros de olores. Menos móviles a la vista, sobremesas más largas, conversaciones sin interrupciones. Una diferencia medible. Brandão tenía razón: el mar revela. Quita el maquillaje narrativo. Muestra errores de ritmo, fuerzas mal empleadas, déficit de atención. Había llegado cargando peso innecesario. Me fui cargando el peso necesario. La diferencia es la atención.

Al despegar, la isla volvió a perderse entre las nubes. Sin despedida dramática. Sin final de función. Como debía ser. El viaje no me dio más; me quitó lo suficiente para ver lo que quedaba. El viaje me dio menos cosas y mejores medidas. La velocidad justa para la verdad. Devagar.

Verónica Francia escribió este texto durante su formación en la School of Travel Journalism. Si te ha inspirado, descubre el Máster en Periodismo de Viajes y el Máster en Periodismo Gastronómico, mira los documentales de viajes de nuestros alumnos en YouTube y escucha sus historias en nuestro pódcast de Spotify.

Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.

Por Viajar and Crear Editorial Team

Viajar & Crear es la revista de la School of Travel Journalism. La redacción edita y publica los reportajes, crónicas, entrevistas y guías que escriben los alumnos de nuestros másteres de periodismo de viajes, gastronomía, fotografía y narrativa, con la revisión editorial de sus profesores.

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