Por Katrijn Geerts

«Viajar es lo único que compras que te hace más rico».

Es un tópico del que antes me reía, hasta que una mañana impulsiva de agosto mi amiga Rebekka y yo decidimos volar a Marruecos. Éramos dos chicas jóvenes, cada una con una mochila llena de inquietud y la cabeza llena de ideas románticas sobre lugares lejanos. La impulsividad era nuestra especialidad. Así que, sin dudarlo, compramos billetes a Marrakech solo porque fue el primer destino que apareció como un farol encendido en la noche digital.

Menos de diez horas después pisábamos suelo africano. Y desde ese momento todo se desarrolló de una forma que nadie habría podido prever, salvo quizá Dios, que nos susurraba inshallah sobre la cabeza cada vez que empezábamos un nuevo capítulo de la aventura.

Marrakech, ciudad de mil colores y otros tantos vendedores

Lo primero que me llamó la atención al salir del aeropuerto de Marrakech fue el olor. Canela, tierra caliente, cuero, gasolina, azahar, polvo: el aire parecía una sopa especiada a fuego lento. Rebekka y yo recorrimos la ciudad con sonrisas radiantes, como si hubiéramos entrado en un cuento. Los muros rojizos reflejaban la luz del sol, las motos pasaban zumbando por todas partes y los zocos estallaban ante nuestros ojos como un caleidoscopio de colores.

Más tarde me di cuenta de que nuestras sonrisas eran como una bandera ondeando con demasiadas ganas. Una bandera que decía: «Turistas inexpertas, ¡venid a por nosotras!». En cuestión de minutos, los vendedores nos rodearon. Baratijas, pañuelos, pulseras, especias: nos lo ponían todo en las manos.

«¡Guapa! ¡Buen precio, solo para ti!». «¡Tienes ojos bereberes, muy especiales!». «¡Ven, ven, meilleur prix!». Dos chicas jóvenes con cara de buenas: sí, éramos exactamente su objetivo soñado. Y lo reconozco: éramos fáciles de convencer. Su encanto, su insistencia, su astucia… funcionaban. Pero al cabo de dos días ese encanto se volvió agotador. El caos de Yamaa el Fna, los gritos constantes, los «no» interminables: estábamos exhaustas.

Delante de un tajín demasiado dulce, Rebekka me miró y dijo: «¿Nos vamos?». «¿Ahora?». Asintió. «Sí. Vámonos sin más». La impulsividad, ¿recordáis? Nuestro talento.

El autobús hacia lo desconocido

Una hora después estábamos en un autobús rumbo a Esauira. No un autobús turístico, qué va. Era el autobús local, lleno de mujeres con pañuelo, cajas de cartón y gallinas que cacareaban como si protestaran por el viaje. El calor era pesado, el aire seco y la ventanilla se había atascado a medio abrir. Cada bache hacía traquetear el autobús entero como un instrumento de percusión oxidado.

Y el conductor… era una historia en sí mismo. Paraba cuando le apetecía, sin avisar. A veces desaparecía en un chiringuito de carretera y volvía con un pincho de carne que aún humeaba al sol. Comía sin prisa mientras los demás esperábamos. Rebekka me susurró: «¿Sobreviviremos a esto?». Me encogí de hombros. «Inshallah», le dije: nuestro lema para el resto del viaje.

La noche en Esauira

Cuando llegamos, el cielo estaba negro como el carbón. Ni farolas ni una recepcionista simpática de albergue: solo oscuridad e incertidumbre. Bajamos del autobús y el miedo me trepó enseguida por la espalda. De entre las sombras aparecieron mujeres vestidas de negro de las que solo se veían los ojos, que brillaban en la oscuridad mientras se acercaban. «Chambre! Chambre! ¡Muy bueno! ¡Venid con nosotras!». Rebekka me apretó el brazo. «No», susurró. «Sigamos andando».

Y eso hicimos: pasos rápidos y nerviosos para alejarnos de aquellos ojos desconocidos. El primer albergue, lleno. El segundo, cerrado. El tercero, inexistente. Con cada negativa, nuestra esperanza se encogía como las pupilas estrechas de las mujeres que nos observaban. Al final no tuvimos más remedio que volver. Las mujeres seguían allí, con los ojos brillando como monedas en la noche. Volvieron a ofrecernos habitación. Y esta vez, por agotamiento y desesperación, aceptamos. Las seguimos por un callejón estrecho y oscuro y dormimos —medio despiertas, inquietas—, pero vivas.

La medina blanca de Esauira vista a través de una abertura circular en la muralla, Marruecos

Luz de la mañana y albergues vacíos

Al amanecer salimos a hurtadillas, como ladronas. Corrimos a los albergues que habíamos probado la noche anterior, pero todo seguía completo. Nuestra suerte era tan fina como una hoja de hierbabuena en el té caliente. Agotadas y derrotadas, nos desplomamos en un banco. Ante nosotras se extendía Esauira: muros encalados, puertas azules, gaviotas chillando en círculos sobre el océano. El aire olía a sal y a pescado, algo sorprendentemente reconfortante tras el caos de Marrakech. Y entonces, justo cuando estábamos más hundidas, apareció él.

Abdul

Parecía un cuadro que se hubiera salido del marco. Un joven con el pelo engominado hacia atrás, una sonrisa reluciente con un diente de oro y una cadena dorada brillante al cuello. Camiseta roja chillona, vaqueros, chanclas gastadas. Todo en él relucía: la piel, los dientes, los ojos, hasta su manera de moverse. «¡Salam aleikum, hermanas!», exclamó. «¡Hoy es mi día de suerte, inshallah!». Rebekka y yo levantamos la vista, desconcertadas. Se sentó justo delante de nosotras. «¡Dos chicas enviadas del cielo!», exclamó. «¡Tengo que enseñaros mi ciudad!». Rebekka susurró: «No deberíamos». «Estamos demasiado cansadas para pensar», le respondí. «Vamos». Y lo seguimos.

Esauira con los ojos de un local

Abdul no era un guía. Era un acontecimiento. Nos llevó por callejuelas sinuosas en las que nunca habríamos entrado solas. Por todas partes la gente lo llamaba: «¡Abdul! Labas? Ça va?!». Parecía conocer a todo el mundo: niños, pescadores, carniceros, ancianos tomando té en la calle. Nos presentó a su familia en una casa blanca con ventanas de marco azul y una puerta que crujía como si tuviera sus propias historias. Su madre, una mujer cálida de mirada dulce, nos recibió al instante: «¡Ahla w sahla! ¡Bienvenidas, hijas!».

En el mercado, los olores nos desbordaron: pescado fresco, hierbabuena, aceitunas, sal marina, carbón. Abdul compraba pescado con aires teatrales. «¡No, no, amigo mío, demasiado caro! ¡Estas chicas necesitan buen pescado! ¡Pescado especial!». Nos reímos. Nos relajamos. Esauira, ese pequeño pueblo pesquero lleno de gaviotas chillonas, nos acogió con una ternura sorprendente.

El hammam

«Venid», dijo Abdul más tarde. «Oléis al autobús de ayer. ¡Toca hammam!». No nos atrevimos a negarnos. Dentro, el hammam estaba caliente y lleno de vapor, repleto de mujeres desnudas cuyos cuerpos brillaban con jabón negro. Se frotaban unas a otras como si estuvieran puliendo coches viejos. Nosotras nos quedamos allí, rígidas de incomodidad. De repente, dos mujeres fuertes nos agarraron. «¡No seáis tímidas!», gritó una. Y antes de que nos diéramos cuenta, nos estaban frotando también a nosotras. «Shukran», susurramos educadamente cuando terminaron. Se rieron con ganas.

Una noche con la familia de Abdul

Abdul nos invitó a pasar la noche con su familia. Después del susto anterior, aquello nos pareció la salvación. Fue una velada llena de calidez. Aprendimos a cocinar tajín —despacio, con cariño, con demasiado aceite de oliva y todavía más hierbabuena—. Bebimos té con hierbabuena espeso como un jarabe. Hablamos de la vida durante horas. Abdul nos sorprendió con su profundidad: «La vida es como el mar», dijo. «A veces calma, a veces tormenta. Pero siempre sincera». Por primera vez desde que aterrizamos en Marruecos, nos sentimos a salvo. Reconfortadas. En casa.

Un anillo de oro y una salida repentina

Pero la mañana siguiente lo cambió todo. Abdul se plantó delante de mí con una sonrisa nerviosa. En la mano, un anillo. «Para ti», dijo. «¡Cásate conmigo!». Me quedé helada. ¿Era una proposición? ¿Un malentendido? ¿Creía que nuestra presencia significaba algo que no era? Balbuceé: «Gracias… pero… no…». Se le ensombreció la mirada, pero asintió. Y, una vez más, huimos: no del peligro, sino de las complicaciones. Marruecos, concluimos, no era el destino más relajante. Pero sí, sin duda, inolvidable.

Más ricas que antes

Meses después, sigo pensando en Abdul. En su diente de oro, en su familia cariñosa, en sus palabras filosóficas. Pienso en las mujeres del autobús, en las gallinas, en los vendedores, en aquella noche oscura en Esauira. Pienso en el miedo que pasamos, y en cómo el miedo suele ser solo el principio de una buena historia. Y por fin entiendo la frase de la que antes me reía: «Viajar es lo único que compras que te hace más rico». Porque es verdad. Volví a casa con los bolsillos vacíos, pero con la cabeza llena de historias, el corazón más lleno que nunca y un recuerdo que brilla como un diente de oro bajo el sol de Marruecos.

Katrijn Geerts escribió este texto durante su formación en la School of Travel Journalism. Si te ha inspirado, descubre el Máster en Periodismo de Viajes y el Máster en Periodismo Gastronómico, mira los documentales de viajes de nuestros alumnos en YouTube y escucha sus historias en nuestro pódcast de Spotify.

Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.

Por Viajar and Crear Editorial Team

Viajar & Crear es la revista de la School of Travel Journalism. La redacción edita y publica los reportajes, crónicas, entrevistas y guías que escriben los alumnos de nuestros másteres de periodismo de viajes, gastronomía, fotografía y narrativa, con la revisión editorial de sus profesores.

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